Brasil, un país sin proyecto

En el último mes de octubre en Brasil, la población brasileña ha escogido sus representantes políticos para ocupar diversos cargos en el Legislativo y Ejecutivo nacional y regional. La competencia más disputada fue por el cargo de Presidente de la República, donde una vez más, el PT (nuestro PSOE) y el PSDB (nuestro PP) disputaron las elecciones en una campaña electoral sucia, llena de acusaciones mutuas y poco propositiva.

Las dos formaciones políticas más importantes de Brasil representan proyectos de poder distintos, pero nadie representa un proyecto de país a largo plazo. El proyecto “petista” (PT) maneja una articulación más amplia de derechos sociales al contemplar parte de los intereses de los trabajadores organizados. El proyecto “tucano” (PSDB) articula intereses más restringidos, reducidos a la élite financiera y la clase media tradicional.

Dos fenómenos sociales intensos de las últimas dos décadas en Brasil se entrecruzaron en las “jornadas de junio de 2013” complicando mucho el escenario político brasileño. El primer fenómeno es el avance de los movimientos religiosos neo-pentecostales en las capas populares de la sociedad (trabajadores pobres y trabajadores por cuenta propia), fortaleciendo el comportamiento conservador en el aspecto moral (defensa de la familia, negación de derechos a homosexuales, negación de derecho al aborto, etc.). El segundo fenómeno es la emergencia de la “nueva clase media de Lula”, que es en realidad una capa de la clase trabajadora y de los trabajadores por cuenta propia que ha ganado poder adquisitivo en función de la mejora de sus ingresos durante el gobierno de Lula. Estas capas sociales empezaron a acceder a bienes de consumo duraderos (coches, casas, etc.) y a servicios como salud privada, viajes de avión, etc.

¿Porque estos dos fenómenos complicaron el escenario político brasileño? Por un lado, el avance de los movimientos neo-pentecostales y el asenso económico de las capas populares durante el gobierno de Lula, integraron a estas personas solamente por la vía del consumo, sin que simultáneamente hubiera avances en la educación laica y la creación de una cultura progresista. Por otro lado, la mejora de las capas populares ha causado la percepción en la clase media tradicional de una pérdida relativa de status social; digo relativa porque no hubo descenso social en términos económicos de la clase media. Pero, lo que distinguía a la clase media tradicional de la masa pobre, de la “ralé” (como llamamos a los miserables acá), tal como el acceso a bienes de consumo duraderos (coches, casa, etc.), a las tecnologías de la información (ordenadores, móviles, etc.), a servicios privados (como viajes al exterior, aseguradoras de salud), ya no distingue a la clase media de las clases populares, de ahí esa percepción de pérdida de status. Como reacción, han emergido otros patrones de distinción social y un discurso de superioridad social, étnica y educacional, dominando el escenario político del estado más rico de Brasil, São Paulo, donde se ubica una de las mayores ciudades del mundo, São Paulo.

¿Cuál fue el rol de las “Jornadas de Junio de 2013” en todo esto? Si las jornadas de junio empezaron con una pauta progresista en la cuestión de la movilidad urbana, un gran problema en las metrópolis brasileñas, pronto estas protestas, tanto en términos de contenido, como en términos estéticos, se convirtieron en una movida conservadora, que, a pesar de exigir mejoras en los servicios públicos, no ha creado una masa de pensamiento crítico, propositivo y que luchase por cambios estructurales en el sistema político, que combatiera el clientelismo, etc. No, no hubo esto, el discurso, especialmente en São Paulo, se ha convertido en una crítica vacía a la corrupción estatal (no hay crítica a la corrupción privada). Por tanto, había condenas a los corruptos pero no a los corruptores. Otra tendencia, producida en gran parte por los medios de comunicación, fue la de convertir al PT como el “partido de la corrupción”, olvidando todo el pasado corrupto de PSDB en las privatizaciones de los años 90.

La clase media tradicional del estado de São Paulo (de origen blanca, pero no solo blanca) se ha convertido en la defensora del conservadurismo más retrógrado del país. Esto se manifestó en el día siguiente al final de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, cuando quedó claro que la candidata Dilma Rousseff (del PT) había ganado en las regiones más pobres del Brasil: el Norte (región amazónica) y el Noreste (una especie de Al-Andalus brasileño), mientras que había perdido en las regiones más “desarrolladas”: Sur (la región con los mejores indicadores sociales de Brasil), Sureste (donde se ubican los estados más ricos y poblados, como São Paulo, Minas Gerais y Rio de Janeiro) y Centro-Este (la región donde se ubica el más poderoso agrobusiness brasileño).

La idea era la siguiente: los pobres del Norte (Norte+Noreste), votaron a Dilma porque eran ignorantes y manipulados por el populismo del PT, que garantizaba acceso a los más pobres a una “renta básica”, llamada “Bolsa Família” (un programa oficial del gobierno de combate a la pobreza extrema). Por otro lado, el Sur (Sur+Sureste+Centro-Este) ha votado en Aécio Neves (el candidato del PSDB), pues son más educados, inteligentes y no están manipulados por los programas sociales. Hay un agravante étnico de esta división, en el Norte hay mucho mestizaje indígena/europeos; en el Noreste hay mucho mestizaje europeos/africanos (nigerianos, angoleños, benineses), en el Sur hay mucha gente de origen europea (italianos, españoles, alemanes, portugueses, eslavos) y en el Sureste se encuentra un amplio mestizaje (italianos, españoles, portugueses, sirios, libaneses, japoneses, nigerianos, angoleños, bolivianos, gente del Noreste, etc.).

Bueno, a pesar de que la clase media tradicional y la élite paulistana ha intentado crear esta falsa división, lo cierto es que, cuando analizamos los datos de las elecciones, percibimos que esta interpretación no es correcta. Hay, si, una tendencia del Norte a votar al PT y en el Sur a votar al PSDB, pero, el mapa electoral demuestra que nuestro país es un “mosaico de percepciones”. Para tener una idea, en términos absolutos, Dilma ha recibido en el Sur (Sur+Sureste) más de 26 millones de votos y en el Norte (Norte+Noreste) 24 millones, o sea, el Sur fue tan responsable de la elección de Dilma como lo fue el Norte. Otro análisis que se puede hacer es que el voto del Norte no fue un voto acrítico, pues si analizamos los datos de crecimiento del PIB regional del Norte/Noreste, percibimos que esta región ha crecido mas o igual de lo que lo ha hecho el Sur/Sureste. También percibimos que el crecimiento del mercado formal de trabajo en el Norte/Noreste fue más intenso que en el Sur/Sureste y el acceso a la enseñanza de nivel universitario se ha duplicado en el Noreste en los últimos 13 años. La oferta de energía eléctrica se ha incrementado mucho en la región Norte/Noreste; esta misma región es la segunda región que mas recibe en inversiones estatales en el país. Entonces, el voto de los “nordestinos” (las personas que nacen en el Noreste) es muy crítico si, en verdad, diría que es pragmático, pues decide su voto después de percibir mejoras en su vida. El voto de los “sulistas” (quien nace en el Sur o Sureste) es más “ideológico”, en el sentido de que decide su voto por lo que creen que representa su partido.

Por ende, hay un dicho popular en el Noreste (una región que en su interior sufre mucho con grandes sequías) que dice que “El desierto se convertirá en mar y el mar se convertirá en desierto”. Este dicho es muy actual, pues, los que creen en la superioridad del “Sureste” sobre el “Noreste” han votado a un gobernador del PSDB en São Paulo que fue uno de los responsables por no manejar bien la sequía en este estado, causando un grave crisis de abastecimiento de agua al pueblo paulistano. La ignorancia de parte del pueblo de São Paulo se expresa en su voto conservador.

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