Por qué no voy a votar

Querría lanzar una reflexión al desordenado y caprichoso albedrío de la inmisericorde red. En efecto, no voy a votar. Asumo la postura de «sparring partner» y daré mis argumentos mientras escucho, precisamente, a Conte cantando su Sparring Partner.

Nací en el 78, por tanto, pertenezco a esa generación. Que la Transición no fue perfecta, supongo, es algo en lo que muchos podremos estar de acuerdo. Se intentó transitar de una forma de convivencia a otra de la manera más «controlada» posible (sí, estoy siendo suave, mi razonamiento en estas líneas va más allá de los eufemismos). Sería muy ingenuo pensar que aquellos que tenían la sartén por el mango cederían terreno así como así, motivados por amor a la Libertad, Igualdad y Fraternidad… toda esa monserga se la sudaba tanto como se la suda hoy. Pero estaban en posición de ventaja y soltar la presa nunca fue una opción, ni por las bravas. Con esto quiero decir… estoy convencido de que se hizo lo que se pudo, dadas las circunstancias, dado el momento (y si no se hizo lo que se pudo tampoco me serviría de nada a estas alturas). En la calle había un sentimiento de claustrofobia, de fin de etapa, de necesidad de cambio, y antes de que esa fuerza inercial se descontrolase por completo (y conseguir que aquellos que tenían posición ventajosa en ese tránsito perdiesen agarre) se hacía necesario organizar/pactar el cambio. Desbravar las huestes. Y eso hicieron… todo quedó atado y bien atado. Sobre la mesa un plato de lentejas, si quieres las comes y si no las dejas. Para quien llevaba décadas sin «comer», funcionó.  

Pero, mantener cuatro décadas más tarde los mismos esquemas «transitorios», con la cantidad de cambios superlativos que hemos experimentado en tan poco tiempo, en mi opinión, lo dice todo. Seguimos en el mismo esquema de equilibrios. España es un equilibrio fractal de cuotas de poder, su distribución persiste en cualquier escala que observemos: local, municipal, provincial, autonómica… nacional. Hago «zoom» en cualquier aspecto de la actualidad y encuentro lo mismo. Parece que el país tiene su propio principio de entropía: parte de un estado de baja entropía y tiende a un otro estado de alta entropía. Es como un castillo de arena de cuyo rastro no hay más que una imagen troquelada en el imaginario colectivo, y cuya realidad es una masa de granos de arena esforzándose por volver al estado anterior, a un orden pretérito de menor entropía al que nunca volverá.  

Este clima de crispación constante es, en mi opinión, insufrible e inaguantable. Además de una irresponsabilidad.

El desprecio.

Un día, en plena efervescencia del 15M, un familiar –por el que tengo mucho afecto– me llamó por teléfono en el preciso instante en el que participaba en un acto público, en medio de la «plaza del pueblo». Andaba por allí, quería saludar pero no me encontraba. Al no tener el teléfono activo, saltó el contestador y éste, mi familiar, sin darse cuenta, dejó grabada la conversación que mantenía con su pareja mientras nos observaba: «míralos… es que están todos… no han dado un palo al agua en su vida… mira, allí fulanito, allí menganito…ja, ja…». El desprecio lo lubrica todo. Por supuesto nunca reaccioné, ni dije nada… pero sirve para entender ese equilibrio existente entre relaciones, incluso, cuando son tan próximas. Un desprecio transversal y omnidireccional en el que se verifica la conmutatividad matemática: tanto va de A a B, como de B a A. En relación a este caso familiar, como en toda regla matemática, debo ser la excepción que incumple esa conmutatividad. El desprecio.

El desorden.

Un día, en plena efervescencia del 15M, se presentaron en la «plaza del pueblo» unos enviados especiales, «corresponsales de Sol». ¡Ojo! Atención, que vienen de Sol… (los que venían de Sol eran recibidos con todos los honores), todos en círculo, a ver qué dicen. Requerían la presencia de dos representantes de cada plaza, tal día a tal hora. «Los provincianos» habíamos sido convocados. Me tocó ir con otro compañero. Al entrar en la plaza, se había organizado allí una suerte de «mercado medieval», con toldos y todo… la primera imagen que tengo al entrar en aquel improvisado zoco fue la de dos tipos semidesnudos, fumados hasta las trancas, acomodados como dos pegotes de plastilina en un viejo sillón cercano a la entrada. Levanté la vista y observé, sin más. Lo primero que pensé fue: ¿WTF? Esta gente no tiene noción de la que se está liando en las plazas de las provincias, y lo van a descafeinar todo. Por supuesto, el «coordinador del círculo de Política» no tenía ni repajolera idea de que «los provincianos», en efecto, se habían tomado la molestia de asistir a la cita para coordinar estrategias –a pesar del aviso–. Algo contrariado, nos retira del zoco y nos lleva a las traseras del Corte Inglés. Allí, sentados en un sitio cualquiera cruzamos ideas. Bueno… cruzamos… después de soltar nuestro «speech» (ideas y propuestas debatidas en nuestra plaza) sencillamente espetó: olvidad eso, la estrategia será una ILP… ya estamos en contacto con un partido que nos va a ayudar, etc. Estamos diseñando la estrategia con ellos: «pasad la bola». Lo demás es historia. El desorden.

Lo primero que pensé al salir de allí fue: ¿serán conscientes aquellos dos pegotes de plastilina lo organizados y disciplinados que son los molinos de viento a los que nos enfrentamos? La codicia (que en el fondo es de lo que se trata), por desgracia, tiene las ideas bien claras.

Es una pena que entre el desprecio y el desorden, aquella inercia ciudadana, única en las últimas cuatro décadas, quedara diluida en la más profunda nada, «like tears in rain». El movimiento se neutralizó, de forma magistral (verdad sea dicha), en muy pocas horas. Nadie lo advirtió… fue tan sutil que aún hoy partidarios y detractores creen que algún rescoldo de aquello sigue vivo. Unos cuantos se aferraron a lo que desde muy pronto no fue más que un espejismo; otros tantos aún hoy «quieren creer». Se incorporó un movimiento nuevo en el panorama político, un movimiento que capitalizara la indignación, la frustración y el descontento. Estas «inercias ciudadanas» tienen el peligro de ser muy golosas, el populismo gravita siempre a su alrededor… el mismo populismo que dice no entender de derechas o izquierdas. El de siempre (¿el único, quizá?). Pero luchar contra una fuerza descontrolada y desfragmentada –como pudo ser un movimiento espontáneo como este– es mucho más complicado. Por tanto, como estrategia, conseguir llevarlo hacia algo más tangible era fundamental (entendiendo aquí «tangible» como algo que se mueva en los moldes y esquemas ya establecidos). Fue sorprendentemente fácil conseguirlo. Un baño de realidad de la buena. Se consolida un nuevo elemento como válvula de escape, se controla la válvula, y a por otra cosa mariposa. ¿La derecha consolidada está tan podrida y tiene tantos cadáveres en el armario que podría implosionar de forma obscena? Se consolida su respectiva válvula de escape, se controla dicha válvula y «qué alegría, qué alboroto, otro perrito piloto». El uno por el otro y la casa sin barrer. Ni usando la UIP como medio de dispersión la estrategia hubiese sido tan efectiva y útil. A porrazos no te cargas una inercia ciudadana (muy al contrario corres el riesgo de alimentarla), inoculando el virus sí.

Esta era de «postureo» desemboca inexorable, como un río, en una desafección profunda, casi patológica. Y eso… sí es un problema serio. Bastante serio. Todo está vacío, hueco… pero luce muy bien.

No volveré a votar hasta que no sea la República lo que esté en juego. Hasta entonces no me tomo en serio a nadie, he decidido no creerme nada de nadie. No vuelvo a malgastar mi voto, no vuelvo a ser partícipe, a mi pesar, del «teatrillo». Necesito «creerme» la seriedad y las intenciones de mis conciudadanos y todos los partícipes… ojo, asumo que pueda ser yo el equivocado, pero en cualquier caso tengo que creerme el entorno, y no me lo creo. Sí, lo sé, en un país como España, una República como tal no representa necesariamente nada distinto, ya que de una Monarquía bananera a una República bananera media tan solo un jefe de estado. Pero en nuestro caso la carga simbólica es importante. Implica ejercer una conciencia política que en este momento la ciudadanía sencillamente delega o posterga. Hay que enfangarse en los asuntos no resueltos… y uno de ellos es, sin duda, el «marco transitorio» en el que nos hemos quedado atascados. Bien… aceptemos que fue útil en su momento, dadas las circunstancias (por aceptar barco como animal acuático), pero la solución ha quedado obsoleta. De hecho, debería tranquilizar al menos tener una línea de base desde la que partir (ya no partimos de una dictadura)… pero no salir de ahí es morir poco a poco. Y creo que este clima de crispación constante es un indicador evidente de esa obsolescencia. Muchos dirán: «¿cómo que hay que enfangarse en asuntos no resueltos? ¿qué asuntos no resueltos? ¿quién determina si están resueltos o no? Para mi está todo resuelto». Por supuesto, esos van a votar. Insisto, el momento lo deja claro, cuando algo está resuelto no se vive en un constante estado de crispación… y el que lo quiera ver, que lo vea.  

De lo anterior deriva el eterno argumento: ellos no se abstendrán, van a votar seguro, no votar es entregarlo todo al contrario. Pues es que a lo mejor, esto es lo que hay… esta es la mayoría que rodea. Una ciudadanía que acepta las chinchetas políticas coloreadas que tiene en el tablero. Pican. A lo mejor resulta que posponer ciertos asuntos públicos, políticos, cívicos… tiene consecuencias, quién lo iba a decir. Y resulta que yo, con mi voto, ¿tengo que sumarme a un despropósito en el que no creo para demostrar que tengo lo que hay que tener? Tengo la conciencia tranquila y menos vida por delante, intentaré ser más selectivo a la hora de elegir en qué usar el tiempo que me pueda quedar (ese sí, único capital real). Si todo el mundo votara… ¿perderían aquellos? ¿seguro? Es un argumento que, en ningún caso, tengo claro. Además… ¿para que gane quién? ¿No ha quedado ya suficientemente demostrado que NO existe relación vinculante (real) entre lo que se vende en campaña electoral y lo que viene a posteriori? ¿en qué sentido podré, entonces, decantarme por una opción u otra, si dado el caso, no existe correlación entre lo que yo «creo» haber votado y lo que de facto se acaba poniendo en práctica? ¿soy más irresponsable por no querer formar parte de ese «teatrillo»? A lo mejor si nos dejamos de chorradas (puro humo, marketing, puro marketing) y dejamos el postureo de lado… la gente se moviliza aún más. O no. Igual ya nos hemos cargado un par de generaciones y no las recupera ni el hambre.

No pretendo ejercer esa condescendencia política que todo lo impregna últimamente; no pretendo transmitir la idea de que «yo tengo conciencia política» y el resto no la tiene por no pensar como yo (que es el muro con el que me toparé en respuesta a mi postura); no espero que se conciba la «República» como una solución así por el artículo 33. Lo que no puedo aceptar es que la «República» se circunscriba al debate izquierda/derecha, flaco favor nos hacemos. Y si no hay un mínimo de conciencia y noción de cosas tan fundamentales… seguiremos siendo convocados para «jugar a las elecciones», sin más. Y las elecciones no se juegan. Seguiremos estando a merced de… pues eso.

Reivindico mi derecho a tener mis propias razones para tomar esa decisión. Es, de hecho, una decisión política. Manque le pese a mucho argumento que leo por ahí… a lo mejor las razones son aún más serias y reflexionadas que un mero «paso de votar». Por supuesto, no se trata de cambiar «votar» por «vegetar», se deja de votar pero con un objetivo, el objetivo de penalizar, de cuestionar, de presionar… en poco tiempo, será casi la única opción que nos quede. Creo que tiene sentido y gana fuerza si se hace en volumen, un volumen tan amplio que lo deslegitime todo, que ponga las cosas en el sitio que corresponde, un volumen que haga aflorar todo el deterioro (me refiero al político) que los ciudadanos han tenido que ir encajando. Todo debería tener consecuencias, y estas están en ese «pequeño» acto, votar. Dejar de hacerlo de forma deliberada es una declaración de principios, una enmienda a la totalidad. ¿Esto es muy idealista? Pues quizá, seré un pesimista idealista. Con tanto pesimismo para elegir en el mercado, pudiendo ser un pesimista de cualquier tipo, elegí ser de los idealistas.

Pero, en efecto, yo no puedo dejar de votar por todos… yo solo nunca alcanzaré ese volumen necesario que realmente transforme ese acto en una acción coercitiva, correctiva. Quedará en un mero acto simbólico, un éxito en potencia que jamás se convertirá en un éxito en acto, porque el paso de la potencia al acto depende de la suma de muchos (una suma del todo improbable). Pero entonces… «¡ejerce tu voto útil y no dejes que gane la morralla!» (A y B aplicarán aquí sus respectivos conceptos de morralla). Insisto, esto está podrido, participar me priva de la opción de actuar… de posicionarme, de tomar partido (que es lo que para mi representa «no votar deliberadamente»); si voto a cualquiera de esas chinchetas, claudico… legitimo su existencia con mi participación. Cuando lo cierto es que no acepto ni sus formas, ni sus contenidos.

Ni sus formas, ni sus contenidos.

5 comentarios en “Por qué no voy a votar

  1. Una buena explicación de la infamia que nos desgobierna globalmente, solo queda desmantelar y sabotear el juego del monopolio de los papelitos de la banca. Solamente si desmontamos su mesianismo, se revela la verdad oculta, no se si llegaremos a tiempo…

  2. hace años que tengo clara esta posicion qu defiendes aqui… cuando me hablan de irresponsabilidad por no ejercer mi derecho al voto, les hablo de su irresponsabilidad por quedarse en lo superficial que conduce al mismo fango… gente supuestamente preparada para el debate politico es incapaz de entender esta postura, cuando lo único que requiere es ser crìtico con los mantras que llegan desde los poderes tipo: “hay que votar porque es un derecho que costó mucha sangre…. bla, bla, bla ( no negar los mantras por sistema, pero poner todo en duda, en tu propia duda…)
    Una ausencia masiva de voto deslegitima cuaquier opcion de gobierno y solo habria una opciòn: llamar al pueblo a hacerse cargo de los cambios,a responsabilizarse de su presente y futuro, pero de verdad… gestionar un profundo ejercicio de responsabilidad que a mi modo de ver, es el que se está diluyendo como sal en el oceano….Bienvenido a la posición de “no votante responsable”…
    A mi hace mucho que lo que piensen sobre esta idea me da lo mismo, es la idea correcta… como decia H.D.Thoreau : “Cualquier hombre que tenga más razón que sus prójimos ya constituye una mayoría de uno”

    1. Pues lo han explicado bastante bien en el artículo. La monarquía en España tiene una carga simbólica muy grande, representa una ruptura que no fue tal. De todas formas creo que a día de hoy ya es bastante tarde y cuando la república caiga será porque los de siempre ya han dado el paso para volver a dejar todo montado a su favor.

  3. Totalmente de acuerdo. Yo nunca he votado, y ya tengo 46 años. Creo que el sistema no funciona y con mi NO Voto quiero mostrar mi descontento con este circo en que se ha convertido la política. Además si yo voto a un partido es por lo que presenta en su programa y ya sabemos que no es necesario cumplirlo. No votaré hasta que exista responsabilidad política por no cumplir un programa y hasta que no se vote a personas y no a partidos.

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