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Banalizar
Somos un país que tiende a banalizar con demasiada frecuencia aspectos de extrema gravedad: la corrupción, el fascismo, el golpe de estado, el racismo o el machismo. Quizás sea una forma autoaprendida de defensa ante las aberraciones que se ven día a día. Es legendario eso sí, el pasotismo político de los españoles, aunque al final, como siempre, sean los primeros perjudicados por las decisiones de los dirigentes que les eligen las cúpulas de los partidos. Solo en contadas ocasiones, seamos sinceros, se han producido movilizaciones que cuestionaban el statu quo que tanto ha perjudicado a eso que se ha venido en llamar «mayoría social». Nuestra historia pesa mucho, aquí no hubo nunca una auténtica revolución (optamos por el «vivan las caenas»). Es obvio que 40 años de dictadura y otros tantos de democracia digamos » defectuosa» en la que jamás se trató de educar en los valores de una ciudadanía pensante y combativa deja un resultado debastador. En general es frecuente toparse en cualquier situación cotidiana con algún maltratado ciudadano, casi siempre apático y resignado, que está ya de vuelta de todo y que espeta el tradicional «es que son todos iguales». Ese «todos iguales» representa cada día más un peligro de involución que es ya una realidad en Europa: Orban en Hungría, Salvini en Italia, sin olvidar los UKIP, Alternativa por Alemania o los nazis de Amanecer Dorado, ejemplos patentes de esa deriva autoritaria y xenófoba que recorre una Europa que todavía se recupera de la terrible debastación de la Gran Recesión.
Esa banalización de casi todo, fomentada desde el propio poder como forma de tener a la gente sumisa, puede tornarse en ascenso paulatino de todos esos fantasmas que de momento se han detenido al otro lado de los Pirineos. Spain in not different, muy a pesar nuestro. El peligro de que grupos populistas de extrema derecha copen poco a poco espacios más relevantes de poder es evidente y la reciente ola de xenofobia y racismo que incluso dirigentes de la derecha digamos «moderada» fomentan con sus declaraciones son el perfecto caldo de cultivo para ello. También, todo hay que decirlo, los discursos buenistas de cierta izquierda que se niega a afrontar con rigor el necesario control ordenado de las fronteras aunque estos, al menos, no ponen en duda la necesidad de atención humanitaria básica a personas que vagan por el mar arriesgando sus vidas y las de los que más quieren. Algo que, por otro lado, debería ser un deber ético por encima de las ideologías. Es desesperante ver cómo las redes sociales sirven de correa de transmisión de mensajes sesgados, medias verdades o mentiras repugnantes que se propagan a la velocidad del mundo presente. Un asco.
Recientemente el New York Times se escandalizaba de que los españoles glorifiquemos todavía la figura de Franco con ese horrendo monumento en Cuelgamuros. Si bien el asunto de los restos del dictador está siendo utilizando como cortina de humo para esconder la inoperancia real de un gobierno con 84 diputados no está de más señalar cómo se ha venido banalizando el fascismo en España. A fuerza de quitarle importancia ahí sigue, en pie tras cuatro décadas de su salida del poder. Pero es preocupante también observar cómo se acusa de fascista a cualquiera que discrepa del discurso dominante, ya sea del nacionalismo como de algunos aspectos de la derecha o de la izquierda, algo muy desagradable de escuchar y que banaliza lo que en realidad fue y es el fascismo, una ideología totalitaria de extrema derecha que odiaba la democracia. De esta forma casi todos podemos recibir el descalificativo de fascista porque este se utiliza con una ligereza que asusta. Es fascista el que está en contra del nacionalismo catalán o del español, el que discrepa de las ideas de Podemos o el que descalifica cualquier eslogan del PP o Ciudadanos. Así que ahora, 40 años después del final de la dictadura casi todos somos fascistas, por obra y gracia de los más reaccionarios elementos del país. Una desgracia.
Por eso también es terrible la banalización del concepto de preso político. Desgraciadamente en España todavía subsiste un rescoldo muy básico de las formas de obrar de la dictadura anterior pero, mal que bien, existen posibilidades de defensa que no permiten hablar de presos políticos tal y como lo entendíamos en la larga noche del Franquismo. Hay abusos, es obvio. Incluso en el tema catalán. Pero banalizar con este tema es peligroso: políticos presos y demasiados pocos para las fechorías que han cometido ( me refiero a la corrupción y sus alrededores). España como un narcoestado escribí hace ya años. Una ignominia.
Esta última es otra de las banalizadas con mayor fruición por los españoles. Ese «todos roban» que es demoledor porque justifica y digamos permite a millones votar sin rubor a opciones políticas que han saqueado impunemente las arcas de todos. Porque Hacienda sí éramos todos, que conste y los grandes perjudicados no dejan de ser esos mismos votantes que limpian su conciencia mediante esta nefasta banalización. No señores: todos no roban. Quizás un cambio en la forma de juzgar la corrupción: rapidez, ejemplaridad, vamos, lo contrario de lo que hacen quienes mandan, ayudaría (recordemos que España solo ha sido gobernada por dos partidos ininterrumpidamente desde hace 35 años). No conviente ni por este hecho ni porque hayan otras opciones que jamás han gobernado generalizar. Una pena.
Otro clásico que se está poniendo en la cabeza de la lista de banalizaciones hispanas es el del «golpe de estado». Cómo si España no hubiese vivido suficientes golpes militares en su historia para bromear o jugar con este asunto. El último golpe de estado se produjo el 23 de febrero de 1981. No, el 1 de octubre no hubo un golpe de estado como insisten en repetir personas muy reaccionarias ( y otras no tanto, incluso algunas de talante moderado). Se violentó la constitución ( como tantas otras veces por desgracia en estos últimas décadas) igual que se había hecho el 9 noviembre de 2014 pero en este caso el estado puso en marcha mecanismos legales para su defensa. Nada más que decir. No es un golpe de estado y conviene que no banalicemos este concepto porque un golpe es algo muy serio que siempre ha pretendido abolir la democracia. Tenemos cuatro ejemplos en el siglo pasado, uno de ellos triunfante (1923), otro fracasado (1936) pero con peores resultados si cabe, pues provocó una Guerra Civil (aunque esta se estuviese incubando meses atrás) y cuatro décadas de nefasta dictadura y dos más que quedaron en intentonas ( 1932, 1981). Una vergüenza, otra más.
Si ha habido un movimiento político que verdaderamente ha sabido movilizarse y movilizar a la sociedad ese ha sido el feminista. Lejos queda la ley de plazos ( que volvía a reivindicar un líder renovado) y ahora de lo que se habla es del «empoderamiento» de las mujeres. Nuevamente muchos banalizan la realidad del terrorismo machista con un concepto muy desafortunado: «feminazis», conjugando con odio el valiente y necesario movimiento feminista con el nazismo alemán. Es evidente que dentro del feminismo (lucha por la igualdad entre hombres y mujeres) hay radicalismos y que seguramente las mujeres que quieren sojuzgar a los hombres y las falsas denuncias de maltrato son una minoría. Quizás una actuación contundente contra estas pondría más cordura a todo este asunto. Banalizando el nazismo, lamentable desde todo punto de vista.
Pues eso, récord en banalización y mientras los que manejan el cotarro viviendo a lo grande a nuestra costa, lo propio de un país poco instruído. Que bonito aquel concepto de la «instrucción pública», ¿verdad?. Felices vacaciones, para quien las pueda disfrutar.
Foto: @Luisgpueyo