Muerto por su propia espada

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Queridos lectores,

Hace unos días el Fondo Monetario Internacional (uno de los garantes del préstamo que apuntala el Reino de España, por si no lo sabían) planteó su receta para ayudar a España a crear empleo. El FMI plantea un gran acuerdo entre la patronal y los trabajadores de modo que los trabajadores aceptarían una reducción de salarios del 10% nominal y al tiempo la patronal aceptaría crear más empleo. La medida vendría acompañada de una reducción de las cotizaciones a la seguridad social del 1,7% que se compensarían con una posterior subida del IVA. Según las simulaciones del FMI, si se hacen estos cambios mientras aumenta el empleo y disminuye la inflación, el poder adquisitivo de los hogares no disminuirá.

Fíjense que no se está planteando una receta para sacar a España de la recesión ni de la crisis económica que ya dura seis años; su análisis apunta a una subida del PIB del 5% en cinco años (un magro 1% anual) y consiguiendo el milagro de aumentar la población ocupada un 7% (recuerden que en España la tasa de paro es de un escalofriante 26% de la población activa). Y digo milagro porque es conocido que en España no se ha creado empleo en las últimas décadas más que cuando el crecimiento del PIB ha sido al menos del 2% anual. El FMI parece confiar en que las reformas en marcha y las que proponen llevarán a un cambio estructural tan importante que cambiarán esa característica de nuestra economía.

Pero fijémonos en la letra no tan pequeña: de acuerdo con el escenario que se plantea el FMI los precios se tendrían que reducir un 5% en dos años. Dado que se habla de una reducción nominal del salario del 10% eso implicaría una reducción del salario en términos reales de sólo el 5%, así que esta deflación no es un detalle menor sino un aspecto clave para poder mantener el consumo y así impulsar la actividad económica (recuperar el crecimiento económico, que es la única idea que hay para poder salir de la crisis). Pero, ¿cómo podrían disminuir los precios, si justamente estamos en un escenario de restricción creciente en el acceso a nuestra principal fuente de energía, el petróleo? En realidad sólo hay una manera realmente accesible para que los precios bajen: por medio de la caída del consumo que probablemente se acabará materializando al agravarse la crisis (aunque eso no garantiza que los precios bajen). Y en el momento oportuno, después de los dos primeros años de implantación de este plan, llegaría la subida del IVA (que no se cuantifica pero se deja claro que se haría por la vía de subir el tipo reducido al general, 11 puntos nada menos, en los productos más básicos, lo cual perjudica especialmente a la población con menor nivel de renta).

Después de lo expuesto más arriba está claro lo que va a pasar: si el FMI presiona suficientemente al Gobierno español (y por lo que se ve va por buen camino) y éste acaba implementando esta reforma, se acabaría suscribiendo un gran pacto entre la patronal y los sindicatos y por lo pronto los salarios se reducirían un 10%… pero la inflación seguiría creciendo, lo cual echa al traste el resto del escenario del FMI. Las medidas propuestas agravarían aún más la situación de los trabajadores pero a cambio, al reducirse los costes salariales, darían un poco de oxígeno a las empresas… sobre el papel. Porque si algo evidencia algunas de las medidas que se están tomando en muchos países occidentales para combatir esta crisis es que hay un cierto grado de esquizofrenia corporativa, puesto que los que toman estas medidas no entienden que los trabajadores también son consumidores, y que si reduces el salario a los trabajadores estás reduciendo la renta disponible a los consumidores que tienen que comprar esos mismos productos y servicios que están produciendo. Por tanto, las empresas no mejorarían sus balances, y no contratarían más personal, mientras el consumo continuaría cayendo y la crisis agravándose. Así pues que las medidas del FMI no sólo no reducirían el paro sino que lo acabarían aumentando y acelerarían la decadencia de España dentro de esta crisis que, de todos modos, no acabará nunca.

En realidad nada de esto es nuevo: hace unos diez años el FMI propuso las mismas recetas para sacar a Argentina de su profunda crisis económica de entonces. El país andino aplicó como un buen alumno todas las recetas punto por punto y como consecuencia se sumió en la crisis más grave de las últimas décadas y una de las más graves de sus historia, de donde sólo pudo salir unos cuantos años después gracias al aumento de sus exportaciones (y por lo que parece no de manera duradera).

Con todo, a mi lo que me parece más destacable de la medida que pretende aplicar el FMI es que contiene una cierta dosis de chantaje emocional al trabajador, que creo que se usará mucho para tratar de hacer tragar esta reforma. De manera implícita se está haciendo una apelación a la solidaridad entre los trabajadores: si tú renuncias al 10% de tu sueldo y otros ocho trabajadores hacen lo mismo podríamos contratar a otro trabajador más. En suma, dado que el trabajo se ha vuelto un bien precioso y cada vez más escaso lo que se propone resuena con una idea que planea en el debate político desde hace 40 años: el reparto del trabajo. Para algunos sectores políticos de izquierda el debate sobre el reparto del trabajo puede parecer pasado de moda y hasta cierto punto reaccionario: en vez de buscar la reducción de horas de trabajo a cambio del mismo sueldo – aumentando así la retribución por hora – lo que pretende el reparto del trabajo es compartir el trabajo disponible entre los trabajadores, pero sin aumentar la retribución por hora. Se tiene que tener en cuenta que, en términos reales, los salarios en España llevan prácticamente estancados desde hace 20 años, como muestran los datos de la Comisión Europea:

Se puede argüir además que el pequeño repunte del salario medio real que rompe la tendencia al principio de la crisis (2007-2009) se debe a que la destrucción de empleo era más intensa en los sectores de menor valor añadido y de menor retribución salarial durante esos años; y ahora mismo la tendencia es a una disminución del salario, incluso sin la receta del FMI. Este fenómeno de estancamiento de los salarios no es exclusivo de España, sino que es un fenómeno generalizado en el mundo occidental, y que seguramente tiene que ver con el estancamiento relativo de la cantidad de petróleo per cápita (gráfica cortesía de Jean Laherrère, republicada por Ugo Bardi en Cassandra’s legacy):

Serie histórica de petróleo per cápita (mundial) y posibles escenarios para su evolución a partir de 2012

A pesar de las reticencias históricas al concepto, el reparto del trabajo se vuelve una necesidad en un mundo sin crecimiento económico (pues es ya imposible) mientras se diseña un nuevo modelo económico capaz de lidiar con el no crecimiento (y el forzado decrecimiento inicial). En ese sentido el reparto del trabajo es una herramienta indispensable para conseguir estabilizar nuestro sistema, aunque no es ni puede ser la única medida a tomar (para una discusión en profundidad sobre cómo hacer la transición hacia una economía de estado estacionario y las medidas a tomar para llegar a ella, las cuales incluyen el reparto del trabajo, pueden consultar la página del Centro para el Avance de la Economía del Estado Estacionario – en inglés).

Desgraciadamente, no es ni mucho menos eso lo que nos propone el FMI: no se habla de repartir el trabajo, sino de repartir el salario trabajando lo mismo. Nadie habla de una reducción del tiempo de trabajo proporcional a la reducción de sueldo; sólo de trabajar por menos y suponer que los empresarios, al disminuir sus costes salariales, contratarán a más gente. No se ve el motivo por el que debería pasar tal cosa, puesto que como es natural sólo se contratará más si hay más trabajo para hacer, es decir, si aumenta la producción como consecuencia del aumento del consumo (lo cual, ya lo hemos dicho, es harto improbable). Así que el FMI no piensa en absoluto en impulsar un cambio estructural, sólo en favorecer la viabilidad de las empresas reduciendo sus costes.

Cuenta el Antiguo Testamento que el primer rey de Israel, Saul, se suicidó arrojándose sobre su propia espada, incapaz de soportar la vergüenza de la derrota de su ejército contra los filisteos. Lo que se les está pidiendo a los trabajadores españoles es que consumen su suicidio como clase media arrojándose sobre una de sus armas más poderosas: la compartición del trabajo. Arma que bien usada podría sentar las bases del nuevo modelo productivo que se necesita.

Salu2,
AMT

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