>Por qué los científicos no entienden el Oil Crash

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Queridos lectores,

Después de haber analizado durante semanas los problemas de disonancia cognitiva de economistas, ciudadanos y políticos hoy le toca, porque no podría ser menos, a otro colectivo, muy pequeño (en España es aproximadamente uno de cada 5.000 habitantes) pero que en ciertos momentos es muy influyente: los científicos. Y es que, efectivamente, una buena parte de los científicos no entienden o, más comúnmente, no quieren entender qué es el Peak Oil y el Oil Crash. Como en momentos de incertidumbre en aspectos técnicos (como es la escasez de energía) los ojos de esta sociedad tecnificada se vuelven hacia los científicos, es importante entender qué factores nublan la comprensión y entorpecen el conocimiento de una parte nada desdeñable (y seguramente mayoritaria) de este colectivo. Como en los casos anteriores, desglosaré algunos de esos factores tal y como yo los percibo, posiblemente más sesgado mi análisis que en los otros casos por pertenecer yo mismo a este colectivo (Nota al margen: a aquellos que he visto que en internet se refieren a mi como “Profesor” debo aclararles que no detento tal dignidad académica, puesto que trabajo en una institución no docente; mi puesto se denomina “Científico Titular de OPI“, aunque ése es mi trabajo, no mi condición).


Mentalidad orientada a la resolución de problemas: El entrenamiento que recibe un científico es justamente para hacerle una “máquina de resolver problemas”. Eso no quiere decir, por supuesto, que un científico resuelva todos los problemas que se le plantean, pero sí que dada una situación que suponga un desafío el científico se podrá en primera instancia analizarlo para después plantearlo de forma coherente, y finalmente proponer soluciones. La segunda parte del proceso (plantear el problema) puede parecer tautológica pero es, en realidad tremendamente complicada, porque el científico ha de decidir, dentro de las infinitas variables que podemos percibir en la realidad, cuáles son las relevantes (lo cual nos lleva al problema del reduccionismo científico, del que hablaremos después). Tras una vida dedicada a resolver problemas, en ocasiones abandonando algunos más arduos a los cuales se consigue vencer años más tarde usando mejores técnicas, el científico acaba teniendo la impresión de que todo problema se puede resolver, que sólo es cuestión de más investigación y más tiempo para que se superen, una tras otra, todas las barreras que se ponen delante de nuestra capacidad técnica. Si con suficiente tiempo podremos o no podremos resolver todos los problemas es, en realidad, indecidible en este momento: no podemos demostrar que hay problemas que jamás resolveremos precisamente porque no lo sabemos todo. Dejando de lado esta cuestión epistemológica lo que sí que está claro es que estamos abordando un problema urgente, mientras que la ciencia requiere su tiempo y sigue un camino tortuoso e impredecible (cosa que los gestores no entienden). Y aquí se produce el primer bloqueo típico de los científicos: intentan resolver el problema energético sin entender que éste es también, y sobre todo, un problema del modelo de sociedad, y que en realidad el problema no se puede resolver dentro de este paradigma económico, a mayor agravamiento partiendo de la situación actual (modelo económico y deuda ya acumulada). En casos extremos, el científico entra en un bucle en el que propone una y otra vez la misma o diversas soluciones técnicas y se desespera al observar que no son implementadas, atribuyéndolo a la incompetencia de los gestores (que algo de eso también hay) pero sin entender que su solución típicamente necesita de un cambio del modelo económico para funcionar, y eso, a día de hoy, es inaceptable. Hay una situación aún peor, si es que ello es posible, y es cuando se descubre una tecnología que es plenamente rentable con el modelo actual (cosa ya rara en estos días, pero a veces pasa); la nueva tecnología se integra y añade a las anteriores, en vez de substituirlas y ser usada para conseguir un modelo sostenible (es lo que siempre ha pasado: no porque hagamos reaccionar uranio hemos dejado de quemar carbón; el sistema económico siempre quiere más y no elimina si no se ve obligado a ello, siempre añade). Al final el pobre científico ve que su invento, en vez de contribuir a resolver el problema ha servido para agravarlo, para elevar a la sociedad a un grado mayor de dependencia energética desde donde despeñarse será más doloroso.


Reduccionismo: Un viejo amigo mío tenía una forma muy irónica para definir este problema: “El modelo matemático que usamos es muy bueno, pero la realidad es muy obstinada”. Puede parecer una caricatura, pero hace pocas semanas escuché en una reunión de trabajo a todo un profesor de universidad decir, literalmente: “La realidad no se está adaptando a nuestros modelos”, sin percibir probablemente el contrasentido de su frase, ya que somos nosotros los que debemos hacer modelos que se adapten a la realidad, en vez de intentar violentarla. Como he dicho antes, en el momento de comprender el objeto de nuestro estudio, tras el análisis, hemos de plantear el problema concreto que queremos resolver, para lo cual escogemos las variables que consideramos oportunas, y después nos pasaremos meses, años quizá, trabajando en ese marco. Eso conlleva que el científico pueda llegar a creer que el cuadro simplificado que con esas pocas señales capta de la realidad es la realidad. Este error conceptual es más propio de investigadores jóvenes, aunque a veces se manifiesta de manera más sutil en los más experimentados. El reduccionismo científico lleva a que cuando se trae a colación una variable que es fundamental en el problema energético de la sociedad (por ejemplo, el paro y la inestabilidad social) pero no está contemplada en el modelo que el científico está desarrollando éste simplemente la descarta por irrelevante dado que, efectivamente, es irrelevante para el modelo pero no para la realidad, porque modelo y realidad no son una y la misma cosa. Las discusiones con científicos atrapados en la falacia lógica del reduccionismo suelen ser muy técnicas y farragosas, y muchas veces improductivas ya que el interesado no suele comprender que el problema del Oil Crash es global y necesita un tratamiento holístico. Como digo este error es más propio de investigadores muy jóvenes puesto que los más veteranos suelen haberse encontrado con situaciones en las que una visión reduccionista era ineficaz y ya han aprendido la lección.

Sobreespecialización: La complejidad de la ciencia moderna hace que para poder ser competitivo en un campo uno haya de especializarse al extremo en él, con lo que en realidad el abanico de saberes que un científico común comprende es relativamente más limitado. A pesar de que el problema del Oil Crash es próximo y puede ser abordado desde la Geología, la Química, la Física, la Matemática, la Biología (particularmente desde la Ecología), la Informática (particularmente desde la Dinámica de Sistemas), la Sociología, la Antropología e incluso (y debiera ser principalmente) la Economía, y más aún, que en todas esas disciplinas hay procesos perfectamente análogos que sirven para entender bien el problema, sin embargo la sobreespecialización hace que algunos científicos de base, e incluso alguno de los punteros no tengan la suficiente visión general como para darse cuenta de que se está hablando en realidad de un problema común y conocido de viejo. Con lo que el grado de formación e información de estos científicos no es particularmente mejor que el de un ciudadano de a pie y por tanto su opinión no es más cualificada que la de cualquiera. Lo peor que puede pasar es que el interesado encima aluda a su condición de científico como argumento de autoridad para desdeñar los argumentos que se le presenten.


Disociación de la realidad: Cuando se analiza un problema desde una perspectiva meramente teórica puede llegar a producirse una separación entre el objeto que se estudia y sus implicaciones reales, a veces de manera inverosímil, como ejemplifica la siguiente foto:



Esta imagen la saqué recientemente (con mi insostenible móvil) en el curso de una reunión de coordinadores de un cierto tipo de proyectos europeos (por circunstancias de la vida yo he dado en ser coordinador de uno de esos proyectos), todos ellos englobados dentro del área de Medio Ambiente. Ahí estábamos nosotros, en un luminoso y caluroso día de casi verano en Estambul, encerrados en una sala con las cortinas echadas y las luminarias que se ven en la foto, y el aire acondicionado a tope. Salta a la vista que todo el planteamiento es un derroche de recursos, aparte de favorecer la emisión de más CO2 a la atmósfera. Hubiera sido más sensato, si no quedaba más remedio que reunirse (la reunión, por cierto, era obligatoria, puesto que era una rendición de cuentas delante de la Oficina correspondiente de la Comisión Europea) que nos hubiéramos dado cita en un país del norte de Europa, con una temperatura más temperada en esta época del año, y que la sala tuviera las cortinas descorridas y las luces apagadas, etc, etc. Estoy seguro de que la mayoría de los que estábamos allí éramos conscientes de lo incoherente que resulta trabajar sobre los problemas del Medio Ambiente y al tiempo no hacer nada personalmente para paliarlos. En cierto modo, este problema es también habitual entre los científicos que están preocupados por el Peak Oil, como a menudo nos hacen notar algunos compañeros: mucho hablar y poco actuar en consecuencia. Pero, en aras de ampliar nuestro conocimiento sobre el problema, por tal de fijar un poco mejor la fecha de la declinación de la producción del petróleo o estudiar su impacto en tal comunidad, etc, en realidad participamos de esta fiesta y seguimos con nuestra misma actitud favoreciendo el problema que teóricamente queremos combatir.


Un caso particular de la disociación es la no implicación. Descubierto el problema y cayendo dentro del propio ámbito de investigación (o no), algunos científicos se sienten algo aparte de la sociedad, sin aceptar que precisamente ellos pueden decir en voz alta las cosas de manera más clara y ayudar a la concienciación. En esta percepción, se asume que los científicos sólo deben comunicar sus resultados a los gestores y éstos decidirán el mejor uso de los mismos. Sin embargo, los que somos funcionarios públicos, a mi entender, estamos al servicio de la Sociedad y yo creo, y así intento practicarlo, que tenemos el deber de llegar a la misma directamente si es preciso. Pero esta opinión, la mía, es minoritaria.




La Ciencia como lujo societario: Cualquiera que trabaje o haya trabajado en investigación básica sabe perfectamente que nuestro trabajo es posible porque la sociedad tiene ciertos excedentes para invertir en una promesa de rendimientos futuros muy elevados pero que tardarán décadas en materializarse, y eso en el mejor de los casos y dejando de lado tantas y tantas vías muertas que fue necesario explorar para encontrar la correcta (en muchos idiomas indoeuropeos “investigación” tiene una connotación etimológica de “búsqueda” muy acertada, pues la verdad se busca afanosamente, sin saber dónde está, explorando todos los lugares razonables, y en ocasiones los irrazonables, donde podría hallarse). Pero mantener una plantilla de 10 científicos que durante 20 años explorarán un campo para que al final de ese período uno sólo de ellos haga un descubrimiento que implique un salto técnico cualitativo es, en términos de contabilidad económica que tanto gustan a nuestros gestores hoy en día, hacer una gran inversión inicial con un plazo de recuperación de la inversión inaceptablemente largo y un retorno de la inversión excesivamente pequeño si se compara con, por ejemplo, cultivar tomates o fabricar planchas de acero. Poco importa si los descubrimientos científicos actúan como habilitadores, es decir, como palancas que permiten hacer cosas antes imposibles y que acaban por enriquecer enormemente a la sociedad, incluso en lo material. Los gestores que nos evalúan continuamente nos van pidiendo, cada vez más, rendimientos tangibles y cada vez más cuantificables en términos monetarios (cuando yo empecé en esto era publicar más artículos; después, se añadió conseguir más proyectos; después, que el monto total del dinero de los proyectos conseguidos fuera el máximo posible; ahora, empiezan a apretarnos las tuercas con que consigamos contratos con las empresas, con que hagamos patentes que se licencien con beneficios y con que fundemos spin-offs…). Tal presión rentabilizadora acaba permeando en los científicos, y aunque nos burlemos de estos criterios sí que interiorizamos un poco que realmente somos algo superfluo, un lujo de la sociedad, unos acomodados; en algunos casos, científicos que ascienden a cargos de gestión han llegado a interiorizar tanto estas consignas que las aplican ferozmente con la fe del nuevo converso para evaluar el trabajo de sus otrora colegas. Los científicos, por tanto, comprendemos y aceptamos que somos unos entes inútiles y caros, y en este contexto comprender lo que significa el Oil Crash significa comprender que nuestros días están contados, que no podremos esperar que la sociedad nos deje seguir encerrados en nuestros laboratorios y despachos especulando con nuestros bellos experimentos y hermosas teorías, que tarde o temprano nos van a echar fuera. Como somos científicos, al oír hablar del Peak Oil analizamos el fenómeno, aceptamos la verosimilitud de la amenaza, encontramos congruentes los datos observados con la explicación propuesta, llegamos a las conclusiones razonables y … y llegados a ese punto sale nuestra faceta humana. Pasa por delante de nuestros ojos una vida de humillaciones y esfuerzo, ganando mucho menos dinero que nuestros amigos del colegio y pasando largos años saltando de contrato en contrato, a veces yendo al paro, corriendo de un país a otro con una maleta pequeña, y ahora que por fin hemos conseguido que nos dejen en paz en nuestro rinconcito para estudiar lo que nos gusta, ganando para vivir dignamente y sin temer que el mes que viene nos echen a la calle viene el Peak Oil a aguarnos la fiesta. Delante de tal reto no cabe ni siquiera la estrategia de la disonancia cognitiva, y otra alternativa, la negación enfática, es impropia de un científico, así que se produce un salto a un estado anterior, la fase 0 del duelo, la que se sale del modelo de Kübler-Ross: la ignorancia. Uno decide humanamente ignorar con todas sus fuerzas que pueda haber un elefante en el salón, porque aceptarlo es tan caro, es hundir, y tanto, nuestras pobres expectativas, las nuestras, de seres que nunca pedimos mucho para vivir, sólo que nos dejen con nuestra ciencia y nuestro conocimiento… Por tanto, los científicos negacionistas del Oil Crash no son viscerales sino más bien de naturaleza neutrínica – sepan perdonarme la referencia friki de físico teórico- : no reaccionan en frente de ello, pasan a través de ello como fantasmas.


Por supuesto que en el último caso puede pasar, y a menudo pasa, justo todo lo contrario: tras un período de shock (y de las fases de Kübler-Ross) el científico compila una evidencia abrumadora que le hace comprender que, dentro del margen de incertidumbre que cualquier observación humana tiene, está en frente de un riesgo grave y real. Y eso nos lleva a un apunte final, un tanto disgresivo pero relevante en esta discusión, consistente en analizar la perspectiva completamente contraria, inspirada por la interesante discusión de Fulcanelli con otros contertulios en el post anterior: qué pasaría si los científicos tuvieran el poder para decidir cómo abordar la transición necesaria para capear el Oil Crash. Cada científico tenderá siempre a abordar el problema desde la perspectiva de su especialidad, y a partir de ahí proponer soluciones coherentes con sus conocimientos. Si se formase un comité suficientemente amplio, representativo de todos los saberes que fueran relevantes, se podría construir una solución equilibrada, en la que las diferentes vertientes del problema fueran abordadas. El problema más grave que se plantearía es que partimos de la situación actual, en la que los poderes económicos actuales, que se resistirían a desaparecer, intentarían corromper a este comité de sabios y hacer que las cosas sigan más o menos igual que siempre; lo cual ilustraba recientemente de manera genial El Roto en las páginas de El País, en referencia al movimiento español del 15-M:



Y esos pobres sabios, que han pasado su vida entre libros y en sus laboratorios, que han desdeñado una vida más cómoda en pro del saber y la delectación intelectual de comprender un poco mejor nuestro mundo, ¿serán capaces de resistirse a la erótica del poder, al halago de la relevancia societaria, al propio orgullo henchido? Nada hace prever que sean moralmente más capacitados para asumir tal tarea y tales embates, los coletazos del actual sistema moribundo. Estamos pidiéndoles a nuestros científicos que, además de sabios, sean santos, y eso es sin duda demasiado pedir. O eso, o que no tengan sentimientos; quizá la ciencia podría dar una respuesta a eso, y entonces los gestores que buscamos fueran éstos:

Son los sentimientos los que nos hacen humanos y los que nos hacen valorar las cosas, los que hacen que la vida merezca la pena. Es precisamente la pasión lo que empuja a tantos científicos a estudiar con tesón y sin desmayo. Los científicos deben ocupar un lugar preminente en la transición que se adivina, pero no son necesariamente quienes han de estar en la cúspide, si es que en realidad necesitamos tal cúspide. Simplemente han de aportar su saber hacer y su voluntad de conocer, sin esperar nada a cambio, sólo por el placer intelectual de hacerlo. Como han hecho siempre, y como sin duda estarán encantados de hacer.

Salu2,
AMT

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