Miel de acacias

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Nuestros Libros

Se acababan de llevar a mi hija. Yo me había quedado en el apartamento. “Es mejor que te quedes” me había dicho Pablo. Lo dejé ir, haciéndose el valiente, aunque sabía que estaba tan roto como yo misma, o acaso más. Él es así, todo se lo guarda, se traga el dolor sin un mal gesto, sólo con un leve fruncimiento del ceño. Su frente estaba surcada de arrugas, me di cuenta entonces.

Recuerdo cuando se inclinaba junto a mi cama, también fruncía la frente mientras yo me agarraba a su jersey a cada nueva contracción, perdí el sentido y fue él quien primero la cogió en brazos. Es nuestra niña, me desperté oyendo su voz e hice un esfuerzo por abrir los ojos para ver a aquella diminuta criatura con los ojos obstinadamente cerrados.

Deambulé por el apartamento. No quería entrar en la habitación de mi hija Laura, y al mismo tiempo me moría de ganas por hacerlo. Me quedaré en mi cuarto, me dije. Junto al escritorio frente a la ventana, entre libros y papeles. Oyendo el mar con los ojos cerrados mientras sentía el aire empapado de salitre entrar en mi garganta. Me escocían los ojos, y tenía un regusto amargo de sal en la boca. Sobre la mesa estaba mi último libro casi terminado. Ahora no sé si podré concluirlo alguna vez. Quizás lo haga, por mi
*
Empecé a soñar con el desierto al segundo día de llegar a la playa. Pienso que fue por no soñar con el mar, y con Laura. Quizás fue mi modo de defenderme. La primera noche soñé con el mar, y me desperté gritando entre los brazos de Pablo que me estrechaba para intentar calmarme. No es nada, sólo un sueño, le expliqué. He soñado con el mar, un mar inmenso, y en medio, una pequeña barca como esas que están abandonadas en la playa, blanca y azul. Estaba vacía, mecida por las olas. Era cómo si me mirase, como si quisiera preguntarme algo y no entendiese qué estaba haciendo allí. No volví a soñar con el mar. Al día siguiente, soñé por primera vez con el desierto. Yo lo había visitado cuando acababa de cumplir los 19 años. Casi lo había olvidado, y sin embargo aquellos recuerdos remontaban ahora desde el fondo de mi memoria.

Habíamos ido al Aaiún a visitar a mi tío Ramón, el hermano menor de mi madre. Acababa de perder a su esposa. “Quizás debería volver a la Península- comentaba mi madre -¿Qué va a hacer allí, tan lejos, y entre moros?”

Después de varias cartas en las que nos aseguraba que se encontraba perfectamente, mis padres decidieron aprovechar las vacaciones de aquel verano

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