Epitafio para heilipus. Una deflagración

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Estamos en un Madrid conmocionado por la proclamación, al día siguiente, de una nueva Constitución, después de las convulsiones políticas desatadas tras la muerte de Mariano Rajoy, «el Presidente felón», a manos de una mujer desahuciada, durante una visita a Vigo.

Durante toda esa noche, un grupo de personajes, habituales de la marginalidad madrileña, entrecruzan sus caminos en medio de un desbarajuste de relaciones, alcohol, drogas, sexo y muerte, mientras se prepara un conflicto surrealista entre diferentes facciones afectas y opuestas al poder del momento.

El relato nos lleva de los tugurios del Madrid más oscuro y la fauna que los recorre cada noche, a supuestos templos de una intelectualidad más reconocida pero no menos oscura, reflejada por un “artisteo” decadente autoproclamado como vanguardia y tan limitado de capacidades como el propio país.

Estos personajes, heilipus, insectos sociales que invaden y corrompen el interior de la propia sociedad, forman en cualquier caso parte de ella, y conviven diariamente con nosotros mientras realizan su labor y viven y se desarrollan entre la propia putrefacción que producen.

NO UN AMATEUR DE RIESGOS (Prólogo de
Angel Antonio HERRERA)

Martín Parra le pega a la prosa con masiva maestría, pero no recae nunca en la joyería fácil del que tiene el lenguaje, porque lo suyo va incluyendo un aguarrás de sorpresa, un manadero de peligro, un desvarío de precisiones. Aquí está su último mérito, “Epitafio para Heilipus”.

Un conocimiento suyo, y mío, Francisco Umbral, se obstinaba en distinguir a quien escribe de aquel que sólo redacta, y coloco aquí el recordatorio porque en Martín Parra se da el oxígeno loco de la escritura, y se persigue el metal inacabable de la palabra, siempre militante, nuestro autor, en la enemistad dura del tópico, que es el estribillo de tantos grafómanos del cartonaje de El Corte Inglés, o de otros sitios aún peores. De modo que estamos ante un creador, que le mete al tema bulto, marcha, locura, esa fiebre, en fin, del decir con sobresalto de sintaxis, o de adjetivo, o todo junto, porque el que dice con susto, siempre dice mejor y siempre dice más. Estamos ante un libro que gusta de mirarse mucho en los espejos de los abismos diversos de la ciudad insomne, con su taifa de gentes desportilladas, con su liceo de cafés adúlteros, con su orfeón de ociosos que lo mismo le dan a la farlopa que a la ternura. En este libro suele ser de noche, da igual la hora, porque se pasea un Madrid de costado oculto, que es el Madrid donde pasan las mejores y las peores cosas.

Martín Parra luce cátedra en el arte de escoger gentes de entre el oro del malvivir, porque el malvivir tiene más literatura que los barrios de notarios, entre otras cosas, y en él las putas se manejan sin boutique previa. Martín Parra gasta de un lumpen de vitola, para sus historias, y pone a ese lumpen a hablar tal y como el propio Martín Parra escribe, logrando así un birlibirloque imposible que repercute natural, insólito, y de alto efecto, porque es algo así como si pusiera la literatura a hacer barra. Las gentes de Martín Parra hablan un empaque de fracasados, y un barroco de esquina, incluso, llevando la frase bien hecha, y de invención, a la urgente cháchara del copeo o el alterne. No voy a reventar ahora lo que aquí se cuenta o no se cuenta, porque no es mi estilo, y porque pretende este atrio celebrar antes al escritor que al narrador, un escritor al que podemos halagar “la calidad de párrafo”, que es lo que Pedro Salinas diagnosticó para Marcel Proust.

Yo en Martín veo género literario, una insolencia vocacional, y que su escritura le va a ir dando para lo que quiera. Se despeña por lograr una buena frase. No está de moda la página artística, digamos, porque ahora hasta los concejales se perpetran su librito, pero conviene no olvidar que escribir no es escribir correctamente, sino todo lo contrario. Martín está entre los contados que se iluminan por dirección prohibida, justo en derrotero contrario a los carromatos del último auge, o éxito, y aquí está para quedarse con una prosa rica, desperezada, minuciosa, y bajo compás de aguda alhaja canalla. Le ha salido un libro sin costuras, un artefacto sólido, que vive de una respiración larga, que es su modo de ver, y de escribir, porque el escritor es un cruce de pupila y muñeca. La mirada, sí, y luego la gimnasia no necesariamente benéfica de escribir lo visto.

Lo que en este libro se cifra, en fin, es una biografía del idioma, yo creo, un incendio del diccionario, por encima o por debajo de su madeja de relato, o de relatos, donde unas gentes de corazón más bien salvaje se conocen, se aman, o se matan. Es lo que tiene la noche de Madrid, que aún se demora a mediodía. Bien lo sabe Martín, que no es amateur de riesgos. Aquí se avala.

Detrás del nombre de MARTIN PARRA, se oculta un licenciado en historia por la Universidad Autónoma de Madrid, un joven autor cuya segunda hija nace en 2013, año en que se publica
su primera novela, Un insólito día para Silvestre Mendo, editada por Araña Editorial, con la que también ha publicado un tratado filosófico titulado Licaón.
Ha colaborado en medios como Diario Siglo XXI, Revista Crítica Dinámica, Madrid 15M, La Galla Ciencia o el periódico Vallecas Va, donde en marzo de 2014 fue elegido para, como en nuestro caso, inaugurar una nueva sección, un espacio de opinión llamado «Tribuna Vallecana».
El año pasado tuvimos el placer de publicar su primer libro de poesía, Corruptia. Aforismos desde la trinchera.

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