Diccionario de los reyes del imperio vaticano

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Autores: ANGELINA L. DE GUEVARA y J.J. VEGA
Diccionario, editado en rústica de 729 páginas

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Los largos tratados que se han dedicado al estudio de las formas de gobierno reflejan siempre una constante: la de que todo poder pretende justificar siempre su razón de ser para legitimarse. Monarquía, tiranía, democracia, cesarismo, nazismo, federalismo, república, liberalismo, fascismo, comunismo, dictadura, papismo, colectivismo, totalitarismo, zarismo, socialismo etc., tuvieron y tienen sus defensores a ultranza, que recurrieron a todo tipo de razones para demostrar la idoneidad de su gobierno y las bases humanas o divinas del mismo, cuando no ambas a la vez. Los mitos y las leyendas facilitan esa pretensión, pues para eso se recurre a ellos. Las justificaciones históricas son más vulgares: la ambición, la fuerza, la sagacidad y el oportunismo les dio el poder, y su ejercicio lo consagró. Esta afirmación es evidente para los sistemas tradicionales, monarquía, tiranía, cesarismo, papismo, zarismo, etc., pero también lo es para quienes, con mejor o peor suerte, los derribaron o pretendieron derribar instaurando otras formas de gobierno: la codicia, el poder, la inteligencia y la situación social están siempre por medio. Que se empleen por un individuo, una tribu, o el grupo entero, no altera el fenómeno, aunque sean más o menos los beneficiarios del mismo. Los mismos teóricos tratarán de justificar, en nombre de los privilegiados, una minoría o la colectividad entera, su razón de ser. La reina de Inglaterra, Isabel, se sorprendería al saber que el trono sobre el que se sienta lo empezaron a construir unos aventureros, corsarios y piratas sajones de nombre Hengest y Horsa, que la heráldica ha tratado de pulir y adecentar, y que aterrizaron por Inglaterra2 en la primera mitad del siglo V, un siglo después de que Roma se desentendiera de aquellas islas, porque no podía defenderlas ni explotarlas. Si nos alejamos de la, un tiempo ha, todopoderosa Inglaterra, y nos dirigimos al país europeo más pequeño, Mónaco, vemos que sus orígenes inmediatos no ofrecen mejores perspectivas. A la caída del Imperio romano, y tras pasar por diversas manos, cae en poder de unos corsarios árabes, y a éstos se la arrebatan, en el año 1191, unos corsarios y piratas genoveses, los Grimaldi, que tratarán de justificar su piratería aduciendo que el terreno se lo había donado, en señorío, Otón I, otro corsario de altos vuelos, en el siglo X. Tanto en el caso de Inglaterra como en el de Mónaco, las guerras y escaramuzas para mantener lo conquistado frente a señores más poderosos, constituyen una constante ineludible que generará víctimas y más víctimas, sea quien sea el triunfador. Y, cuando no son las armas las que justifican la propiedad, en las monarquías dinásticas, una vez establecidas, la entrepierna justificará la propiedad establecida por las armas. No hubo excepciones a esta regla, e Iberia tampoco lo fue. A pesar de que los historiadores locales se empeñen con sorprendente tesón en tratar de convencer a sus habitantes de lo contrario, su historia confirma la regla general. Hasta que se inicia la conquista romana, estuvo habitada por pueblos y grupos que procuraron hacerse la guerra, siempre que les fue posible, tendencia a la que escaparon los Fenicios, ya que, dedicados al comercio, vivieron y dejaron vivir hasta que Roma los obligó a luchar. Las invasiones bárbaras dieron al traste con todo el montaje del Imperio, y los “godos” fueron a su vez aniquilados por los árabes. Algunos aventureros emparentados con los invasores anteriores, godos, romanos, y puede que con celtas e íberos, si no más antiguos, tanto por motivos teopolíticos como por ambiciones económicas, se levantan contra los árabes y mal que bien, de jefes de banda y de cabecillas de rufianes, se convierten en reyezuelos que gobiernan pequeñas satrapías o pequeños reinos que arrebatan a los habitantes islámicos. Las bodas entre rufianes y levantiscos afianzan y acrecientan sus fortunas, lo que les permite eliminar competidores más débiles. La Edad Media termina y en Iberia quedan claramente establecidos dos reinos, el de Portugal y el de Hispania, que se han conformado a base de masacrar y exterminar a todos los competidores judeocatólicos y no solamente a los judeoislámicos. Pasan los siglos, se suceden e imponen dinastías importadas –como es natural, con las consiguientes guerras o guerrillas, cuyas víctimas se encontrarán siempre entre los más desfavorecidos de la sociedad– y, a la caída de Napoleón, una parte del pueblo decide prescindir de los borbones, también importados, que, si en algo han destacado ha sido en su cretinismo estulto y en la aceleración con la que han destruido el Imperio español tan duramente construido en el siglo XVI. Sin embargo, los borbones franceses, que son quienes los impusieron, no piensan igual, y deciden enviar a los Cien mil Hijos de San Luís, para afirmar en el trono a un indeseable, si no un tarado, Fernando de Borbón, más conocido por rey Fernando VII. El teofuncionariado cristológico español y sus príncipes mitrados, que tocaron a rebato contra los franceses y Napoleón, años antes, se callan ante esta nueva invasión francesa, porque saben que Fernando de Borbón es una limaza obtusa y filopapista, que los tendrá en palmitas. La restauración no se hará sin víctimas, y las Cortes de Cádiz y sus entusiastas saben de qué se habla. La historia da varios giros más, se suceden golpes y contragolpes, cae la última República y Franco, representante de quienes la han derribado, tras haber llenado el país de cadáveres y antes de morir, tiene a gala, para eternizar el teofranquismo que él instauró con la ayuda del teofuncionariado papista, hacer sucesor suyo a un tal Juan de Borbón, que en nada desmerece a su tatarabuelo Fernando VII, pero del cual una publicidad bien orquestada ha tratado de hacer una figura estelar. El pueblo español ignora las entretelas que ocultan dicha elección y persona, lo mismo que su significado histórico, al igual que sucede con el pueblo inglés respecto de su reina, y con el monegasco en el caso de sus príncipes. Si se abandona el terreno de las monarquías dinásticas, y se aproxima uno a las monarquías electivas, se observa el mismo fenómeno de mitificación: se pretenden ignorar los fundamentos y cimientos de tales dinastías para ofrecer, en la actualidad, la imagen impoluta y atractiva de sus magnates, ocultando vehementemente su realidad histórica. Son contadas las monarquías electivas que existen en la actualidad, al menos para el hombre occidental, pero existen. Una de ellas, la más conocida, es la monarquía del Imperio Vaticano, que resulta vitalicia. Otra más, que también tiene una dimensión teopolítica inexcusable, es la monarquía tibetana, igualmente vitalicia y divina. Y una tercera es la de Butham, que hasta el presente es temporal. En el pasado, la monarquías visigoda también fue electiva, aunque podía ser temporal: se aceptaba la renuncia del rey, tras un tiempo de ejercicio; por otro lado, el rey podía perder, por algunas razones determinadas, el cargo; la monarquía del Imperio Germano también era electiva y vitalicia. Las monarquías electivas se diferencian claramente de las monarquías dinásticas –que proceden por transmisión familiar y genética–, en que la elección del monarca absolutista recae sobre los príncipes electores. En el Imperio Vaticano, la elección del papa, absolutista por necesidad, dictador y totalitario, recae, tras haber sido arrebataba a los creyentes de la diócesis de Roma, sobre la nomenclatura cardenalicia, mientras que en la monarquía tibetana los electores son los lamas mas prestigiosos de los principales monasterios. La monarquía de Bhutam fue tradicionalmente electiva y temporal, aunque, hacia mediados del siglo XX, una casa se impuso sobre las demás, y la convirtió en dinástica. Con todo, la innovación no fue duradera, pues en los años setenta había vuelto a ser electiva y temporal. Siguiendo pautas ancestrales, resulta ser una monarquía cuya jefatura se reparte, por turnos rigurosos y limitados a tres o cuatro años, entre las cabezas de las pequeñas comunidades dominantes que controlan la economía y autonomía del país, a la sombra de vecinos tan poderosos como China –en su tiempo el Tíbet– y la India. La monarquía electiva se aprecia también –con otros nombres–, en algunas logias, congregaciones, órdenes y asociaciones, etc. de los diversos teísmos, sobre todo en el cristológico papista, en donde los electores eligen a sus monarcas –superiores generales, en argot socioclerical– para toda la vida. La monarquía electiva tibetana –en la actualidad, en el exilio–, que recae sobre la nomenclatura lamaísta, sigue un proceso específico y sorprendente, puesto que pretende encontrar en un niño, al que hay que localizar, las señales de la supuesta reencarnación del bodhisattva Avalokitesvara, patrón del Tibet, para convertirlo en el dalái–lama, jefe del gobierno de este país. Mal que bien, se trata de una elección, aunque los elementos decisivos consisten en el descubrimiento en un niño determinado del mayor número de coincidencias, físicas, psíquicas, volitivas y de comportamiento con los daláis–lamas que reinaron; el resultado final de esta elección recae sobre la concordancia de los lamas que participan en la búsqueda. Una diferencia capital entre la monarquía tibetana y cualquiera otra monarquía electiva, es que, en esta última, el rey electo, si acepta el cargo, pasa a convertirse en la autoridad máxima del país al instante –más o menos controlado por la corte, que lo moderará, o depondrá, asesinándolo si hace falta, como la historia demuestra, si pretende desviarse de la trayectoria deseada por la misma–, mientras que en la elección lamaísta, tras la declaración del descubrimiento de la reencarnación de Avalokitesvara y su proclamación, los electores necesitan formar y preparar al niño para el cargo que ha de ocupar, y que, en principio, no depende de él rechazar, por la sencilla razón de que no tiene capacidad para hacerlo. Mientras la monarquía tibetana se encuentra en estos instantes en el exilio y no cuenta con territorio alguno que gobernar, a pesar de poseer un territorio nominal de 1 221 600 kilómetros cuadrados de superficie y 3 000 000 de súbditos, la monarquía electiva del Imperio Vaticano, teniendo su corte en una sacristía desmesurada, el Estado Vaticano –0’44 kilómetros cuadrados y apenas 1000 sacristiales como ciudadanos vaticanos de pleno derecho– en el oeste de Roma, gobierna, en la práctica, aunque no nominalmente, un territorio inconmensurable en el mundo entero, en donde sus súbditos, sin ser conscientes de ello, tienen una doble nacionalidad: la propia del país en el que han nacido o nacieron sus padres y la del Imperio, que se oculta bajo el eufemismo de religión católica, y al que pertenecen por el mero hecho de haber sido bautizados, nacionalidades que, como es lógico, en ocasiones, pueden provocar un conflicto en sus miembros, cuando los intereses del papa y los de la nomenclatura cardenalicia –sacristiales o colectivo privilegiado, muy reducido, que cuenta con pasaporte de Ciudad del Vaticano– chocan con los intereses de los gobiernos y países colonizados. El que la mayoría de quienes están impregnados de teísmo cristológico papista no sean conscientes de la doble nacionalidad que poseen no la hace menos real.

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