Blog de Política
La revolución debe ser televisada
El primer paso para una revolución es que se hable de ella. Puede parecer una obviedad, pero ese cambio radical en el diseño institucional que haga posible un nuevo pacto social y permita redefinir nuestra relación con la Unión Europea y resto de instituciones supranacionales no está en boca de nadie, fuera de los círculos de activismo con una fuerte conciencia social y ciudadana. Esto es un gran problema, puesto que nadie dará un paso en una dirección que ni siquiera conoce y, por desgracia, aquellos que sí la conocen son aún insuficientes -y frecuentemente contradictorios, pero esa es otra historia.
Según el barómetro del CIS, el 56 por ciento de los españoles se informan a través de la televisión, el 13.7 por ciento a través de la radio, el 9 por ciento a través de periódicos en papel y el 11.9 a través de periódicos digitales. Blogs y redes sociales suponen, juntos, el 4.2 por ciento. En términos generales, el 90.6 por ciento de la sociedad española -posiblemente descontando aquellos diarios digitales que pudiéramos considerar “libres”- prefiere informarse a través de los medios de comunicación en manos de grandes grupos de comunicación. Todos estos medios tienen en común una fuerte dependencia del diseño institucional actual y que han tejido redes clientelares con fuertes hilos de deudas desorbitadas y favores mutuos.
No obstante, no es infrecuente asistir en estos medios a debates o expresiones de opinión sobre la última temática social de moda entre su audiencia: la dación en pago, los rescates a banca o autopistas, el drama del paro, etc., etc. Esto sucede porque toda esa temática política y social es susceptible de ser capitalizada en votos por cualquiera de los partidos y, en realidad, no representa un grave problema para los sustentadores del actual diseño institucional.
Sin embargo todos sabemos que el problema de nuestro actual sistema político es mucho más profundo de lo que los medios sugieren. Un cambio de gobierno o una modificación de determinada ley para ajustarse a las demandas sociales podrían llegar a ser beneficiosos en el corto plazo y, qué duda cabe, aliviar dolores injustos e innecesarios, pero no por mucho tiempo. Nuevos frentes de injusticia se abrirían por otros lados, ya que nuestro problema no estriba tanto en las decisiones que se han tomado como en que son producto de un sistema de toma de decisiones deficiente. En el medio y largo plazo nuestro sistema de toma de decisiones, dirigido al beneficio y enriquecimiento de una minoría, volvería a hacer de las suyas.
Por eso es prioritario volcar todos los esfuerzos sociales y ciudadanos en promover entre capas lo más amplias posibles de la sociedad el debate sobre la necesidad de un profundo cambio institucional. Es necesario obligar a que los medios de comunicación incluyan en su agenda, nada más y nada menos, que la revolución.
Rodea la agenda de los medios de comunicación
Hay varios agentes en la sociedad capaces de influir en la agenda de los medios de comunicación y, entre todos ellos, el que más capacidad tiene es el Gobierno de un país. Son frecuentes los intentos –con éxito- de conformación de la agenda para focalizar la atención de la opinión pública en temas que susciten poca o mucha tensión social dependiendo de los intereses del momento. Hace poco asistimos a un prolijo debate sobre el aborto que, si bien afecta a derechos y libertades duramente adquiridos a lo largo del tiempo, no se contaba, precisamente, entre los problemas más acuciantes de la sociedad española –como puede comprobarse en cualquier barómetro del CIS, acudiendo a la pregunta sobre los problemas que más preocupaban a los españoles, mientras los platós se llenaban de defensores y detractores del aborto.
Sin embargo, no todo son malas noticias. El pueblo, la ciudadanía también es capaz de influir en la agenda de los medios de comunicación y, de hecho, se ha conseguido varias veces: el 15M, la PAH, la Coordinadora 25S, todos han conseguido en algún momento, pese al silencio mediático inicial, colarse en la agenda de los medios. Ahora bien, como toda persona bien informada sabe, las buenas noticias no abundan y hay que cogerlas con pinzas.
El Gobierno siempre tiene guardado un as en la manga. Últimamente viste de azul oscuro y chaleco antitrauma negro, presenta complexión fuerte y suele aparecer bien pertrechado con escudos, porras y demás parafernalia. Cada vez que un movimiento social amenaza con incluir sus demandas en la agenda de los medios de comunicación el Gobierno dispone de miles de agentes capaces de proporcionar a los medios de comunicación espectaculares imágenes de enfrentamientos entre activistas y policía.
El objetivo es desviar el debate que la manifestación pretendía introducir en los medios, cambiándolo por otro sobre la violencia en las protestas ciudadanas. En ocasiones ni siquiera es necesario recurrir a la UIP, sino que se puede conseguir el mismo objetivo por diferentes medios. Sucedió con el 15M, desviando el debate hacia el uso de los lugares públicos; con la PAH, debatiendo sobre el carácter violento de los escraches, etc., etc. El objetivo es siempre el mismo: desviar el debate planteado por los protestantes hacia otro menos problemático para el Gobierno.
Imponerse en esta lucha por la conformación de la agenda es difícil pero no imposible. Hay que actuar y planificar las acciones ciudadanas meticulosamente para elegir qué tipo de espectáculo se ofrece a los medios, si el de millones de personas exigiendo un cambio profundo y radical en el sistema o carreras por las calles huyendo o plantándole cara a la Policía. Resulta terriblemente perturbador que tanto manifestantes como policías hayan coincidido en que “desde arriba” se buscaba un muerto. Pertubador hasta el punto en que uno piensa si no sería más efectiva una Policía coordinada con los manifestantes que con la propia Delegación de Gobierno y los altos mandos policiales. Desde luego sería una modesta pero primera revolución.
También es necesario complementar la estrategia de las movilizaciones masivas con otras propuestas y estrategias complementarias que ayuden a conformar la agenda de los medios de comunicación. Además los medios de comunicación alternativos debemos dejar de serlo. Eso resolvería nuestros problemas de un plumazo. Puede incluso que hablar de revolución sea un plato demasiado fuerte para ciertos paladares y, llegado cierto punto, haya que suavizarlo hablando de cambio en el diseño institucional, proceso constituyente, una nueva transición, llevar a España al S. XXI o cualquier otro envoltorio ilusionante que se nos ocurra. Quién sabe. El cielo es el límite. Sin embargo, para no desfondarnos, debemos tener claro el objetivo principal en estos momentos: suscitar el debate entre la opinión pública de la necesidad, se llame como se llame, de un cambio profundo que remueva los cimientos del sistema.
Debemos aprender a dominar el espectáculo de la revolución.
Fotografías de Daniel Y. Go y France 1978

