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COLECTIVO C\B BURBUJA Asóciate

Blog de Política

Entre el repliegue y la apertura, una defensa de la incomodidad

Lo primero es agradecer a los compañeros del Partido Comunista de España que me hayan invitado aquí a este debate. Yo quería aportar mi opinión como responsable de estrategia de Más Madrid de estos procesos de confluencias y de alianzas, y quería empezar partiendo de un pequeño análisis de coyuntura. De todas las cosas que están pasando alrededor, hay dos tendencias claves para planteanos cómo vamos a trabajar en común.

La oleada reaccionaria global

La primera es el momento estructural de auge y oleada reaccionaria a nivel global y estatal. No me voy a extender en esto porque creo que todos lo estamos viendo: ocurre en España, ocurre en Alemania, ocurre en Francia. Para mí es evidente que, aunque tiene muchas razones de diferente complejidad (porque estos procesos nunca son sencillos), claramente también es una reacción pendular. A veces la política es muy compleja y a veces es tan sencilla como un péndulo: lo importante es si das dos pasos adelante y uno atrás o das uno adelante y dos atrás. Desde este punto de vista, la ola reaccionaria tiene mucho de reacción a los grandes movimientos progresistas de la década de 2010: en España, el 15M; el gobierno de Syriza en Grecia, Bernie Sanders, Jeremy Corbyn, las movilizaciones del feminismo, el MeToo, las movilizaciones del ecologismo, truncadas por la pandemia. Y en España, singularmente, es una reacción a todo el ciclo electoral que comienza en 2015, que empieza con los ayuntamientos del cambio y que culmina con la entrada en el gobierno de fuerzas que no se pensaba que fueran a entrar, apoyado por fuerzas que nunca jamás se había pensado que fueran a apoyar a un gobierno estatal. Es la reacción al auge del movimiento feminista, que ha sido el movimiento que más consistentemente ha empujado y ha llenado las calles de nuestro país en la última década. Y es una reacción al proceso independentista catalán, sin el cual no se entiende la derechización/españolización de los cuerpos del estado y el asedio al gobierno por parte de buena parte de la judicatura.

La complejidad irreducible de la izquierda en el Estado Español

En segundo lugar, creo que tenemos que hacernos cargo de la complejidad actual de la izquierda en el Estado español. Es un espacio político en el que convivimos, cooperamos y también discutimos y nos peleamos fuerzas que tenemos diferentes tradiciones histórico-ideológicas. Tenemos fuerzas como el PCE, que tiene 106 años de historia, y fuerzas como Más Madrid, que apenas tiene siete. Tenemos fuerzas federales, fuerzas territoriales, fuerzas independentistas, fuerzas soberanistas, regionalistas, municipalistas. Algunas vienen de la tradición histórica comunista, otras vienen de la tradición de la nueva izquierda y otras vienen de las tradiciones de los diferentes movimientos nacionales: desde el valencianismo político al independentismo vasco, etc. Son fuerzas, además, que tienen muy diferentes niveles de implantación. Hay fuerzas que tienen un 30 % en algunos territorios y fuerzas que están en un 5 %, en un 8 %, en un 18 %. Diferentes pesos que implican diferentes intereses porque representan o aspiran a representar a diferentes electorados con opiniones diferentes. La clave es que esta complejidad es irreducible: no va a desaparecer a corto plazo. El reto, como veremos después, es que no podemos obviar estas composición de fuerzas..

Repliegue o apertura

Cuando consideramos esta situación, la necesidad de enfrentarse al auge reaccionario desde esta complejidad, creo que hay dos tipos de respuesta, que además riman con patrones históricos que conocemos: el repliegue o la apertura. La primera es el repliegue a algún tipo de esencia, a las viejas o nuevas certezas más íntimas. Para mi es clave que es una postura intelectual y emocionalmente cómoda. Todos tenemos esto en nuestras organizaciones y a nivel social, cada una en función de su idiosincrasia. A veces es un repliegue a posiciones más identitarias en lo nacional. A veces es un repliegue a posiciones más “duras”, entre comillas, en lo ideológico. Y otras veces son repliegues a posiciones más cómodas en lo institucional. La otra posición es la apertura. En vez de huir de la complejidad, abrazarla. Y, ante el desafío que tenemos por delante, intentar encontrarnos en ella con los nuestros, en sentido amplio, para poder enfrentarnos y derrotar a los otros. A diferencia del repliegue, la apertura tiende a ser una posición más incómoda, y yo creo que eso nos indica que es la posición correcta. Hay una frase de Ted Lasso en la que dice que los desafíos (y la política sin duda es un desafío) son como montar a caballo: si estás demasiado cómodo, es que no lo estás haciendo bien.

Decía que esto tiene resonancias históricas porque personalmente esta disyuntiva entre repliegue y apertura me recuerda a los dos posiciones que adoptó la Internacional Comunista en los años 30. La primera es la del tercer periodo, que desde la idea de clase contra clase, se trataba a las fuerzas socialdemócratas de aquella época como socialfascistas, como equivalentes al fascismo. Históricamente está asumido que esa postura tuvo consecuencias terribles. La segunda, la asociada a la apertura, fue la estrategia del Frente Popular. Según Hobsbawm, en los años 30 no funcionó del todo bien: se intentó y fracasó varias veces, porque no es una estrategia sencilla, ya que está llena de tensiones y contradicciones. En España fracasó porque se enfrentó a un golpe de Estado. En Francia cayó por sus propias contradicciones, fundamentalmente por la moderación de los socialistas de Léon Blum. Pero fue el marco en el que se miraron sucesivamente los gobiernos de posguerra, después de la derrota del nazismo, las experiencias de los años 70 y de los años 80 o la Unidad Popular en Chile, la experiencia más importante de transición democrática al socialismo. Personalmente estoy más por la apertura que por el repliegue, reconociendo su incomodidad, su dificultad y su tensión.

Dicho esto, la pregunta clave es ¿en qué condiciones tenemos que dar esa apertura? Lo voy a articular en torno a cuatro ideas y voy a poner un ejemplo, algo raro quizás, al que debe mirar esa apertura. Es una apertura en sentido amplio, no necesariamente centrada en alianzas electorales, sino también en cooperación con fuerzas que a corto plazo no concurrirán juntas. Estas cuatro condiciones son la unidad como herramienta, la fraternidad como principio, la diversidad como fortaleza y la confederalidad como método.

La unidad como herramienta

La unidad como herramienta significa que para nosotros, en Más Madrid, la unidad es una herramienta que debe ser ser, ante todo, útil. Y cuando digo útil, me refiero a una unidad que favorezca la movilización popular, que obtenga mejores resultados electorales y que conquiste posiciones de poder para transformar nuestro país, o nuestros países, y mejorar la vida de los que viven en él. Por tanto, nosotros no queremos que la unidad sea un fetiche. Hay fuerzas en esta mesa que no vamos a competir juntas electoralmente, y yo pienso sinceramente que no compartir espacios electorales es beneficioso para ambas fuerzas, pero que no por eso deben dejar de hablar y cooperar. Esta utilidad de la unidad es un proceso coyuntural e incierto que dependerá del análisis concreto de la situación concreta, que decía Lenin. Por tanto, la unidad tiene que ser útil. La unidad por la unidad a nosotros no nos vale.

La fraternidad como principio

En segundo lugar, la fraternidad como principio. La fraternidad el elemento de la tríada republicana quizá más olvidado. Tratarse como hermanos no significa estar de acuerdo: significa tratarse como hermanos. Y los hermanos, como todos sabemos, no siempre se llevan bien ni están de acuerdo en todo; a veces discuten, a veces se pelean. Pero hay algo por encima de eso que los mantiene unidos, esa sensación de hermandad que está por encima de la coyuntura concreta. Por eso, bienvenido todo el que venga a trabajar sinceramente desde la fraternidad: hablaremos, negociaremos e intentaremos llegar a acuerdos. Pero el que no venga con la fraternidad por delante, el que venga a enredar, a insultar y a imponer con nosotros que no cuente. Y no sólo porque no nos gusta que nos enreden, insulten o nos impongan. Es que una unidad sin fraternidad va a hacer que la unidad no sea útil, y entonces a nosotros no nos vale.

La diversidad como fortaleza

En tercer lugar, la diversidad como fortaleza. Esto es tan importante como evidente: somos fuerzas muy distintas. Aquí hay fuerzas muy distintas que tienen que cooperar con un objetivo común desde posiciones muy diferentes, y tenemos que encontrar la manera de articular esa diversidad. Por eso, ya no se trata de imponer a nadie la visión de otros. Se trata de encontrar nuestros puntos en común, pactar y respetar nuestras diferencias e intentar trabajar lo mejor posible, juntos pero también cada uno desde su lado. Articular la diversidad para que sea un encuentro hacia dentro y un puño hacia afuera.

Confederalidad como método

Y la manera de hacer esto es desde la confederalidad como método. Una en la que todos nos sentamos en la mesa en pie de igualdad a discutir y decidir. Desde la autonomía pero desde el entendimiento de que, a medio plazo, nos va mejor cooperando que yendo solos. Esta confederalidad tendrá que ser capaz de responder a responsabilidades diferenciadas en función de nuestras posiciones en cada momento, de lo que aportemos y de la decisión que se tenga que tomar. A veces, tendrán más peso fuerzas que están en el Gobierno, a veces tendrán más peso fuerzas que están asentadas en un territorio, pero en promedio, como decimos en Castilla: “Nadie es más que nadie”. Seguramente, este funcionamiento en el día a día será más complejo y más incómodo que cuando uno solo manda y las decisiones se toman rápido (a veces bien y a veces mal), pero a medio plazo los resultados serán mejores, más útiles.

Como una banda de jazz

Cuando pienso en una imagen que resuma todo esto, me acuerdo de que a menudo utilizamos la metáfora de una orquesta. Un conjunto bien afinado y coordinado, con un director al mano y con diferentes instrumentos que va tocando una partitura que todos conocemos de antemano. Yo creo que es un mal ejemplo para la situación actual. A mí me gusta mucho la música clásica, pero me gusta más el jazz. Y creo que una banda de jazz es mucho mejor ejemplo de cómo articular todas estas fuerzas políticas.

En el jazz hay una partitura que todos conocen, un standard, pero sobre ella improvisan, es decir, crean música en tiempo real, sucesivamente solistas diferentes. Son solistas que se turnan y, esto es la clave, que se escuchan mutuamente mientras tocan. Cuando trompeta o saxo hacen su solo, la sección rítmica es el piano y la batería. Pero luego el piano hace su solo y entonces la sección de viento se convierte en sección rítmica. Y eso se hace en tiempo real, porque todos se están escuchando mutuamente. No hay un director de orquesta que lo controle todo. Ese es el marco que tenemos que construir.

En defensa de la militancia

Para acabar quería terminar con un último ingrediente que me parece esencial. Para mí es una situación curiosa estar aquí, en las fiestas del Partido Comunista de España, porque aunque yo estoy en Más Madrid, mi tradición política original, cuando empecé a militar, y donde aun puedo decir que lo hice la mayor parte de mi vida política, es la otra gran tradición histórica de las izquierdas y del movimiento obrero en España: el movimiento libertario. Como todos sabéis, a lo largo de estos 120 o 150 años de historia hemos tenido alguna que otra rencilla. Pero trabajando y discutiendo con compañeros del PCE y de Izquierda Unida estos meses, me he dado cuenta de que, a pesar de nuestras diferencias que son muchas, tengo con ellos una cosa en común que no siempre encuentro en otras partes de la sociedad: la tradición de la militancia política. La pulsión de luchar por la mejora de nuestras vidas y las vidas de la gente a la que queremos, con la sensación de que somos parte de algo que nos trasciende: algo que empujamos, pero que también nos empuja. Y, a veces, esn estos tiempos oscuros e inciertos, siento que esta tradición se está perdiendo esta idea de militancia. Para mi la militancia política es una de las cosas más bellas que ha dado el ser humano, y es fundamental para todo lo que hagamos a partir de ahora, a corto plazo como a largo plazo, sepamos seguir construyendo, y defendiendo con orgullo, que ante todo, somos militantes políticos de un proyecto común.

La charla completa podéis verla aquí. Aunque mi intervención es más corta y más confusa, creo. Eso sí, podéis ver que durante cuatro minutos no me doy cuenta que llevo las gafas de sol puestas y parezco Roy Orbison esperando actuar.

Publicado originalmente en Políticas de la descarbonización el 28/09/2026. Se reproduce con permiso de la autoría.