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Blog de Política

Más allá del Decrecimiento

Los jóvenes que reivindican estos días su derecho a la vivienda acampados en las plazas no necesitan que les hablen de decrecimiento: ya saben lo que es. Son la generación que sabe que va a vivir peor que sus progenitores, la primera generación que experimenta la cuesta abajo en sus propias carnes.

Esta generación ya no necesita que el Decrecimiento les explique (como hacía hace 20 años) que es preciso despojarse del consumo superfluo para no agotar los recursos de las generaciones futuras ni causar un cambio climático irreversible. Ya es tarde para ese mensaje.  Ellos son la primera de esas generaciones futuras que tienen que pagar las consecuencias: los recursos ya se han dilapidado, el clima ya está alterado, ya estamos sufriendo las consecuencias del cambio climático y ya está empezando la guerra por los recursos.

¿Qué puede aportar el Movimiento por el Decrecimiento a esta generación? Se me ocurre que podría ayudar a reflexionar sobre tres ideas:

La primera es denunciar que eso que llaman crecimiento económico no es ya crecimiento sino malcrecimiento. Vivimos en un sistema que permite a los jóvenes tener ingresos suficientes para mantener el espejismo de la ficción consumista (ropa barata, vuelos low cost, postureo en las redes sociales…) pero no para acceder a lo esencial, porque la vivienda, la alimentación, el tiempo de descanso, la vida social y la salud resultan cada vez más caras e inaccesibles. Hay que desenmascarar ese malcrecimiento vestido de crecimiento económico: la promesa del bienestar consumista ya no es más que una cáscara vacía.

La segunda es tomar conciencia de que gran parte de eso que llaman progreso tecnológico no es ya apenas progreso. Hoy en día muy pocos avances tecnológicos son como la penicilina, la electricidad o los tractores, que, en su tiempo, mejoraron espectacularmente la vida de toda la humanidad. El progreso tecnológico aporta cada día menos beneficios para menos y menos personas y, sin embargo, sigue requiriendo ingentes cantidades de energía, agua, territorio y trabajo humano, lo que hace que pueda competir con cosas esenciales como la sanidad, la vivienda, la educación y la alimentación. Es preciso dejar de soñar con que la tecnología va a ser la salvación de nuestros males. En estos momentos, necesitamos progreso social, político y humano, mucho más que técnico.

La tercera idea es recuperar el sentido completo de ese vivir mejor con menos decrecentista. El Decrecimiento sólo puede funcionar si ambos aspectos, el menos y el mejor son atendidos a la vez.  Sigue siendo preciso dañar menos el planeta que nos sustenta, pero cada día es más urgente satisfacer mejor las necesidades de las personas. ¿Y si en lugar de decrecimiento empezamos a hablar de mejoramiento, es decir, de exigir que se optimice el uso de los recursos que tenemos (siendo conscientes de que cada día son menos) para aumentar el bienestar humano, crezca o no crezca la economía?

Es preciso desterrar la idea de que la ecología es un lujo de aquellos privilegiados que pueden dejar de consumir por el bien del planeta. En estos momentos, la ecología debe hablar de cómo repartir mejor. Tenemos que buscar nuevas formas de satisfacer las necesidades esenciales sin crecimiento, porque, en términos reales, ya hemos dejado de crecer. No podemos esperar que el crecimiento nos permita enmascarar las injusticias sociales como hizo en décadas pasadas.

Ese repartir mejor, ese optimizar y ese buscar un progreso humano sólo puede  ser construido poco a poco, a base de reivindicaciones concretas. Las protestas que están llenando estos días las calles de Europa y buscan defender la vivienda, la educación y el derecho a no ser carne de cañón, son imprescindibles para abordar la crisis ecosocial que vivimos. Aunque no lo parezcan, estas reivindicaciones son parte indispensable de la transición ecológica, son un ingrediente fundamental (aunque el no único) de un buen decrecimiento.

Publicado originalmente en Habas contadas el 07/10/2026 y también en la revista 15/15\15. Se reproduce con permiso de la autoría.