Blog de Política
ES la democracia, idiotas.
En mi artículo anterior mencionaba a unos activistas internacionales con los que coincidí en un congreso reciente, de esas personas que trabajan para agencias internacionales y que recorren el mundo monitoreando los derechos y libertades, las democracias, en los diferentes países. Mi conversación con ellos dio para mucho, pero una de las cosas que más me sorprendió fue cuando uno de ellos, que venía de Italia, me dijo que la democracia italiana había soportado mucho mejor que la española la presión del fascismo representado por Meloni. Porque lo que primero distingue a un régimen fascista de otro de derechas son los intentos de destruir el Estado. Y me contaron que, ante su sorpresa, la llegada de Meloni no había conseguido hundir las instituciones italianas e Italia está aguantando mejor que España el intento de destruir la democracia. Allí, con sus tensiones, la policía aguanta, los jueces aguantan, los funcionarios aguantan, la burocracia sigue aún funcionando con sus reglas de país democrático. Me dolió especialmente porque hasta hace poco, como activista LGTBI y feminista, he viajado hablando de un país que estaba a la cabeza del mundo en derechos y libertades.
El ataque al Estado es también lo que distingue el primer mandato de Trump del segundo. El presidente norteamericano enseguida entendió que, si en su primer mandato no fue capaz de hacer lo que quiso, entre otras cosas, enriquecerse obscenamente y enriquecer a su familia y amigos, es porque no se ocupó de tomar el Estado, sino que pretendió hacerlo al margen de él. Y no pudo. Por eso, en esta ocasión sí supo qué hacer: tomar al asalto las instituciones democráticas y todos los organismos que son, al fin y al cabo, los garantes de la democracia. Romper la institucionalidad significa acabar con la separación de poderes, acabar con los contrapesos y con los controles internos que se encargan de que ninguna institución pueda ejercer más poder del que le corresponde por ley y, por supuesto, no aceptar los resultados electorales. Trump comenzó negando el resultado electoral, continuó no reconociendo a más medios de comunicación que a los suyos, siguió entronizando las mentiras como un régimen de verdad, despidió a miles de funcionarios, vació de sus funciones a oficinas, departamentos y agencias ministeriales y gubernamentales y las sustituyó por oficinas privadas y trabajadores a su servicio. Ha utilizado el poder de la presidencia y del aparato del Estado para castigar a cualquier tipo de adversarios y para imponer su agenda cultural. Ha castigado al mundo de la cultura, a las universidades, a cualquier institución que no se plegara a su agenda. Ha ido vaciando de contenido la institucionalidad democrática y creando aparatos de poder paralelos, entre ellos una fuerza parapolicial, el ICE, que no está sujeta a más poder que el suyo. Por último, ha ignorado de todas las maneras posibles las sentencias judiciales que no le son propicias. La democracia está basada en un consenso en el que cada actor, cada poder, cada departamento, cada autoridad civil o militar, cada autoridad judicial o burocrática conoce y respeta su papel y está dispuesto a defenderlo. El fascismo acaba con ese consenso primero y después otorga legitimidad a la lenta suplantación de todo eso por otra cosa que ya no respeta las reglas de la democracia.
Estas elecciones no son como ninguna otra. Van de democracia y de resistir al fascismo. Nadie debería equivocarse
Si en España no estamos como en EEUU es porque todavía no han gobernado, pero tenemos señales de sobra de que pretenden hacer lo mismo y, en todo caso, han avanzado mucho. Además, la democracia en España siempre ha sido frágil porque aquí la guerra acabó como acabó, al contrario que en Italia y en el resto de Europa. Allí hubo un castigo y una limpieza de los aparatos del Estado. Aquí no. Aquí lo que hubo fue una ligera conversión a otros modos de funcionamiento, pero siguen ahí, las mismas familias, los mismos poderes que se han reactivado cuando las circunstancias lo han propiciado.
El PP lleva cuatro años cuestionando sin ningún tipo de límite la democrática victoria de la izquierda en las elecciones pasadas hasta crear un clima antidemocrático y violento contra la democracia misma. Según ellos, lo que dijeran los votos ha dejado de importar porque el poder de la izquierda es siempre ilegítimo y hay que acabar con él como sea. Para ello, se ha retorcido la ley lo que ha hecho falta y se ha roto la separación de poderes. Todos hemos podido ver cómo los jueces ultraderechistas han conculcado las leyes sin consecuencias. En ningún país democrático una instrucción como la del juez Peinado contra Begoña Gómez, tan desastrosa que ha tenido que ser decenas de veces rectificada, aunque no anulada, hubiera llegado a ningún sitio. La condenas del fiscal general y del hermano de Sánchez son judicialmente ridículas. Muchas tenemos la sensación de que si Sánchez ganara las elecciones y pudiera gobernar, podría encontrarse con que cualquier juez, a petición de cualquier organización ultraderechista, sería capaz de cualquier cosa; montar una causa basada en recortes de OKDiario es hoy algo imaginable, ya no una entelequia. Algunos jueces demócratas han comenzado a hablar de que vivimos en un golpe de Estado judicial permanente. Y no pasa nada.
También parecen ir por libre las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Marlaska nunca los ha controlado, pero lo cierto es que, según pasa el tiempo, el ministro parece más y más acobardado en su despacho. La policía comienza a asemejarse más a un grupo de escuadristas que a una policía democrática. No los hemos visto, en todo este tiempo de acoso a la democracia y a un Gobierno legítimo, utilizar la violencia contra los violentos: los nazis, los Vito Quiles, los provocadores. Su violencia parece reservada solo para la izquierda. ¿Quién ordenó una carga desproporcionada contra los profesores en huelga? ¿Quién responde por las cargas brutales en A Coruña, en Avilés, en Zaragoza? ¿Por qué aparecen siempre en cualquier concentración para pegar a los antifascistas y no a los provocadores, con los que clarísimamente compadrean? ¿Cómo es posible que nadie del gobierno, y mucho menos el ministro del Interior, tenga capacidad para frenar o redirigir esta deriva? ¿Qué decir de los militares de Ceuta a los que hemos visto torturar, y disfrutar con ello, a niños inmigrantes sin que nadie haya dado una explicación? Y ahora la derecha ya avanza en la criminalización de la izquierda que se está extendiendo por Europa. No me cabe duda de que mucha de la violencia vista en Barcelona es provocada por la extrema derecha. Son tácticas fascistas.
Y por último, la cultura, la verdad y la mentira. No hay límite a la censura. Cualquiera que vea un rato Telemadrid o lea cualquier panfleto de esos subvencionados por los gobiernos de derechas entenderá de qué hablo. Ni siquiera se busca apariencia de verdad, es pura propaganda al estilo Goebbels, sin disimulo. Propaganda que ni siquiera pretende ser creída, sólo busca excitar el odio. Lo que el PP y Vox pretenden es acabar con la cultura, con cualquier muestra cultural que pueda llevar a la gente a pensar por sí misma. Censuran a Lorca y ya pretenden reconvertir las instituciones culturales en órganos de propaganda, como ha hecho De la Espriella en el Museo Nacional, donde simplemente ha retirado todo aquello que le parece woke, es decir, democrático, referente a los derechos y libertades de los colombianos. No nos engañemos más, eso podría pasar aquí; llevan años probando y dando pasos en esa dirección.
Estamos hablando del desmantelamiento de las estructuras del Estado en primer lugar. Luego, las medidas, los recortes, la privatización de todo, la crueldad convertida en política de Estado, el “que se jodan” que entonces escandalizó y hoy sería coreado por miles de personas, la mayoría trabajadores y trabajadoras de los que se van a joder…Todo eso será ya pan comido. Por último, la violencia contra la izquierda y quienes protesten. Lo acabamos de ver con Lula: ¡Qué alegría, qué victoria tan importante! Pero lo primero que ha hecho la derecha es negar legitimidad a la victoria. Es una constante: la derecha ya no defiende la democracia, ya no le sirve y hará cualquier cosa por llegar al poder, incluso contra los votos.
No, estas elecciones no son como ninguna otra. Van de democracia y de resistir al fascismo. Nadie debería equivocarse.
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Publicado originalmente en el blog de Beatriz Gimeno el 28/10/2026. Se reproduce con permiso de la autoría.