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Por qué la robotización y la inteligencia artificial no traerán el fin del trabajo

Economia por KamiPhuc

Como, sin importar la gran distancia que nos separa a nivel ideológico, mantengo una antigua amistad con Marc Vidal, del que admiro su perspicacia y sobre todo su pasmosa capacidad para fascinar a una audiencia, suelo seguir siempre aquello que escribe. Marc defiende que la implantación de la inteligencia artificial (IA) está a la vuelta de la esquina, y que ello traerá un mundo mucho mejor en que las personas trabajaremos muy poco o nada y podremos dedicarnos a lo que realmente nos gusta. Desde luego la idea no es nueva y lo que es realmente interesante de su análisis es cómo justifica y expone los avances en esta materia a los que estamos asistiendo. Aunque no comparto con él que esté tan cerca esa implantación masiva de la IA para la gran mayoría de las tareas que ahora realizamos, sí que creo que es un evento sumamente probable que eso suceda en las próximas décadas.

Quienes me leen saben que soy colapsista, en el sentido de que creo que la trayectoria de la actividad humana conduce a una disponibilidad de exergía (o energía efectivamente disponible para realizar un trabajo) que será solo una fracción de la actualmente disponible, a la vez que la biosfera se convierte en un entorno más hostil principal –pero no únicamente– por el cambio climático y los materiales disponibles se reducirán por el agotamiento de las menas de mayor concentración. Sin embargo, y a pesar de este pesimismo, difiero en los plazos tan cortos que dan algunos de mis más admirados referentes, como Antonio Turiel o Marga Mediavilla. Tal vez  habrá ocasión en el futuro de exponer detalladamente por qué, aunque desde luego sí que hay que apuntar que la discrepancia se debe a estimaciones sobre la tasa de descenso de la TRE (tasa de retorno energético) y también, aunque menos, sobre la TRE mínima que aguantará nuestra sociedad antes de colapsar. En el modelo como tal estamos totalmente de acuerdo.

Debido a esta discrepancia pienso que ese colapso civilizatorio se producirá como pronto a principios del siglo XXII y podría retrasarse incluso hasta mediados del siglo XXIII, dependiendo de los parámetros que se introduzcan en las ecuaciones que modelizan el proceso. Y también debido a esta discrepancia es por lo que creo que antes de que llegue ese momento alcanzaremos a ver la implantación masiva de la IA, que es lo que prevé Marc Vidal.

Pero volviendo al tema de este post, no creo que ese suceso vaya a traernos ningún mundo utópico en el que nos veamos libres de la maldición bíblica del trabajo. Explico por qué. Me encontraba leyendo el famoso libro de Robinson y Acemoglu «Por qué fracasan los países» (del que tal vez un día me anime a hacer una crítica pues en modo alguno comparto muchos de sus puntos de vista) en el que los autores repiten numerosos ejemplos históricos de élites que se dedican sistemáticamente a impedir que mejoren las condiciones de vida de la población normal para que su posición privilegiada no corra peligro, cuando una idea empezó a formarse en mi cabeza; ¿no será el proceso que estamos viviendo una repetición de algo exactamente igual? ¿Por qué habrían de permitir las élites mundiales que la gente común pierda el miedo a no poder cubrir sus necesidades básicas? ¿No conduciría ese ejército de gente ociosa y sin miedo a movimientos que inevitablemente reclamarían que los privilegios de esa élite se acabaran? La respuesta, aparentemente, es que esas élites nunca consentirán que la gente común pierda el miedo a la pobreza, y tampoco consentirán que subsistan unos rudimentos de un sistema en el que ciertas personas afortunadas, materialistas, inteligentes y/o que se esfuerzan mucho por conseguir lo material puedan alejarse a una cierta distancia del fantasma de la necesidad acuciante. Esa ficción de sistema meritocrático constituye uno de los pilares del sistema actual en que unos pocos privilegiados se burlan y utilizan unas instituciones que se hacen llamar democráticas para apoderarse de una inmensa tajada de los recursos.

El sistema de propaganda por el cual se intenta que personas que tienen sus necesidades básicas cubiertas sigan teniendo como objetivo prioritario consumir está resquebrajándose a marchas forzadas debido a varios factores. El primero es que siempre ha habido personas muy críticas con semejante visión de la vida humana y que la han rechazado por vacía y falta de sentido. El segundo es la tendencia al igualitarismo que persiste a pesar de todo. La ostentación, ni siquiera en las sociedades más infectadas por la propaganda consumista, tampoco ha tenido nunca una aceptación universal. Y el tercer y definitivo golpe está viniendo de los movimientos conservacionistas que culpan al consumo conspicuo de la degradación medioambiental y del agotamiento de los recursos no renovables. Por eso es por lo que pienso que ese sistema de propaganda no es ni remotamente suficiente.

Por todo ello la única solución para las élites es, a mi modo de ver, la idología que se está implantando, que se ha dado en llamar neoliberalismo, y que consiste en mantener a amplias capas de la población en la pobreza o semipobreza y con una gran inseguridad por el futuro, todo ello a pesar de la enorme riqueza de nuestras sociedades que haría posible sin problemas el que todos tuviéramos los mínimos materiales cubiertos. Todo ello se justifica con un entramado teórico que se hace pasar por científico pero que no es más que ideología. Es la lucha que vivimos hoy día, y que los opuestos al neoliberalismo estamos perdiendo por goleada, como dijo Buffet.

Es por esto por lo que creo que la visión utópica de Marc nunca se llevará a cabo, sino que simplemente viviremos en un mundo con cada vez más pobres y menos trabajo y en que la IA estará básicamente al servicio de los poderosos y del control social. La gente normal tendrá sus migajas, pero la utopía de Marc no la veremos.

Por qué la robotización y la inteligencia artificial no traerán el fin del trabajo