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Los españoles somos miserables
El pueblo español es miserable en un doble sentido: por su pobreza material, afianzada como consecuencia del descenso de su poder adquisitivo y por esa peculiaridad que siempre nos ha acompañado como sociedad y que está vinculada a una ínfima educación política, derivada de un pésimo nivel cultural sazonado con grandes dosis de conformismo.
El primer caso resulta una desgracia para muchas familias que ni siquiera alcanzan el umbral de la pobreza en un país que se dice civilizado, que estaba a punto de acceder a la Champions League de los países más desarrollados entre los más ricos (Zapatero Dixit). El segundo va enlazado con el primero, pues muchos de los que malviven en una pobreza a veces disimulada por su red familiar, pensionistas que no llegan a 300 euros y que, con piso ya pagado, como hormiguitas, malcomiendo, van tirando y aguantando o parados con hijos que van a clase sin desayunar, estos y otros son los que, llegado el momento, no solo no se movilizan contra el poder que los ha conducido a sus desdichas sino que, cuales hinchas de su equipo de fútbol, acuden raudos y presurosos a depositar su papeleta en la urna, muchos sin taparse la nariz siquiera. Esa segunda miseria, ese abatimiento, esa postración como sociedad es la que más debería de preocupar a los ciudadanos que, no obstante, parecen alegres y dichosos porque las luces del amanecer se vislumbran al final del túnel desconocedores de que la crisis no es única y exclusivamente económica sino profundamente política y que si no se soluciona esta última será imposible que la recuperación completa llegue jamás.
Estas enormes masas de españoles son miserables en el peor sentido de la palabra, han demostrado asemejarse a un conglomerado borreguil que comulga con ruedas de molino, que no se informa en plena era digital y que se deja manosear y manipular por la oligarquía periodístico-política. Muchos de estos ni siquiera son conscientes de ello porque su capacidad de raciocinio, menoscabada durante sus escasos años en la escuela, no alcanza a entender las complejidades de una sociedad abierta y democrática, justo la que no tenemos en este país. Es cierto que durante décadas se educó en la ignorancia de los conceptos básicos de política y por eso millones de pardillos ciudadanos acudían a los colegios electorales pensando que era un deber hacerlo, desconociendo acaso que votar es un derecho, nunca un deber.
Pero es mucho peor: votaban sin saber qué es lo que estaban haciendo. Muchos pensaban que votaban al presidente del gobierno, otros que elegían a sus representantes, muchos ni siquiera se molestaban en leer la larga lista de diputados desconocidos y una gran parte tampoco sabían que consecuencias tendrían lo que estaban haciendo. Recuerdo a un conocido afirmar sin pudor que él votaría al partido que le pagase cinco mil pesetas. Y para la antología queda aquella campaña orquestada por los socialistas y los populares en favor del Sí al fallido proyecto de Constitución Europea y a Los Del Río pidiendo el voto afirmativo «aunque no se hubiera usted leído el proyecto». Y de esto no hace tanto, no eran los comienzos de la Transición, donde la incultura popular era galopante en materia política fruto de décadas de adoctrinamiento en el partido único y la conspiración judeo-masónica.
Esa incultura general no se ha reducido sino que ha ido in crescendo entre la gran mayoría de la población y no solo entre la clase baja, quizás menos formada, con niveles de estudio primarios. También entre licenciados universitarios y profesorado, sin olvidar aquellos que por su capacidad económica han tenido acceso a la gran cultura y, sin embargo, han abdicado de ella. Los privilegiados, los ricos, tampoco es que sean mucho más instruidos que las clases populares a pesar de su privilegiada posición. Hace poco aparecía en un informe la baja formación del empresariado español que era peor que deficiente. También constituyen una masa gregaria y fácilmente adoctrinable que aunque es cierto que votan más por sus intereses desconocen también conceptos básicos de la ciencia política, algo que en otras sociedades avanzadas no es imaginable.
¿Cómo entender que las propias élites no hayan ya buscado cambios tan siquiera estéticos que mejoren la faz de este cadáver llamado España?. Y es que en este país la élite jamás fue culta, como su monarca, que se jacta en público de odiar la música clásica y la literatura: con eso está todo dicho.
La ignorancia generalizada se podía disculpar por los 40 años de dictadura como señalaba anteriormente. Era admisible, pongamos que hasta finales de los años 80 porque la escolarización no se había completado en muchos casos, no existía libre acceso a la red (de hecho no había internet), habían pocas televisiones y era sencillo manipular a un pueblo sin formación. Pero han pasado prácticamente otros 40 en una supuesta libertad de pensamiento y expresión, con una expansión impresionante de bachilleres y licenciados y la cosa no ha mejorado, casi diría que ha ido a peor. ¿Es ahora ya disculpable una sociedad mediocre que se deja avasallar de esta manera y vota reiteradamente a quienes les roban?.
La respuesta es claramente negativa porque en la monarquía post franquista ha habido posibilidad de formación para grandes masas de la población. Se podrá decir que esta haya sido deficiente pero eso no disculpa a millones de ciudadanos que tenían la obligación de haber adquirido los medios de conocimiento que estaban ahí, al alcance de todos: nadie pondrá en duda que los equipamientos educativos y culturales son infinitamente mejores que al inicio de la Transición, en especial una magnífica red de bibliotecas públicas que salpican cualquier pequeño rincón del país, con prensa gratuita a diario y en los últimos años internet al alcance de casi todos.
En este punto me gustaría hacer mención a los jóvenes. Los que ya no lo somos tanto y estamos ligados a la docencia, en particular a la de los adolescentes, vemos con desagrado un descenso paulatino, casi frenético, de la cultura general y lo que es peor, del interés hacia ella. Que decir por tanto de la cultura política. Estos oídos han tenido que escuchar en un instituto del centro de una ciudad, con las mejores notas y, por tanto, mayor nivel teórico que en centros de la periferia preguntas cómo qué es la derecha y la izquierda o en qué se diferenciaban. No en niños, sino en adultos de 17 y 18 años, supuestamente de familias de clases acomodadas, desconocedores de los mecanismos mínimos de la cultura política más elemental, personas que estaban a punto de obtener el derecho al sufragio y que pensaban que lo único que debían hacer era elegir entre dos partidos y votar cada cuatro años. Recuerdo además la broma con la calvicie de un candidato que supuestamente invalidaba su carrera hacia la presidencia. De ello no habrán pasado más de 3 años. Respecto a los universitarios poco más hay que decir cuando muchos licenciados desconocen el significado real de términos como la separación de poderes, el distrito electoral, la democracia representativa o el mismo concepto de república.
No sería justo generalizar porque fueron cientos de miles de jóvenes los que se movilizaron contra el sistema mucho antes del 15-M (que no inventó la pólvora y tuvo mensajes muy confusos y contradictorios) y muchos lo continúan haciendo a diario pero hay una gran masa adormilada que se conforma con escuchar las radiofórmulas de la FM, muchas de una chabacanería vergonzante o asistir impávidos a la telebasura nuestra de cada día, repudiando aquellos asuntos que les acabarán pasando factura en poco tiempo: los asuntos de la Res Pública, la política. No hay más que realizar la sana costumbre española de tomarse unas cañas en una terraza y poner el oído levemente: que si la Esteban, que si MasterChef, que si el partido del Domingo y el árbitro rastrero que puteó a su equipo, que si Jorge Javier. En fin, difícilmente se logra escuchar hablar de algún tema de actualidad política, raramente de los asuntos que afectan más directamente a todos como puede ser la subida de la luz o las matrículas universitarias. No saben, pobres ingenuos, que todo es política, hasta la basura que sus cerebros asumen sin rechistar.
Así que poco cabe hacer ya con este adocenado pueblo español que solo está a la espera de escuchar buenas noticias: sobre todo que la crisis ha pasado y que ya se puede hipotecar de nuevo por 30 años en una maravillosa urbanización con piscina y pista de padel, con una buena televisión de plasma para ver el mundial como Dios manda. Ese es el pensamiento de muchos y como se decía antes de la crisis que la deuda la paguen mis nietos. Los mayores por la herencia de su nula educación y los jóvenes por su nulo interés por los asuntos públicos acabarán por engullir al resto que parece ya hastiado de la inflación de debates estériles en radios y televisiones. Las clases medias han pasado a ser clases del miedo, el terror al vacío de la pobreza y la miseria acongoja, el miedo que nos inculca el poder a perder nuestro precario trabajo si es que algún día lo encontramos. Ingenuos irresponsables que han acabado siendo devorados por Saturno, el anciano que se comía a sus hijos para no envejecer, ese Cronos que en España parece haber detenido el curso de la historia y que hoy representa la élite parasitaria que nos subyuga.