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Distrito único para diputados: una barbaridad

Para los partidos minoritarios y para eso que los ingleses llamaron partidos atrapatodo, la proporcionalidad es vital. Es un asunto de simple y llana supervivencia. En sistemas proporcionales quedan representadas muchas ideologías pero no ciudadanos individuales. Por el contrario en los sistemas mayoritarios o de distrito se representan a personas y no tanto a las ideologías. El error es pensar que lo bueno, lo deseable es que en un parlamento haya muchos partidos porque así está mejor representada la sociedad. Y eso, además de que deviene en un país ingobernable, como sucede desde hace mucho tiempo en Italia, donde los gobiernos duraban menos que un caramelo a la puerta de un colegio, resulta sumamente engañoso en el sentido de que la democracia representativa deja de existir y lo que aparece, desde luego a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, e impuesto en occidente por el amigo americano, son las conocidas partidocracias, algo que no tiene nada que ver con la democracia.

Se demoniza el bipartidismo cuando lo que se debería de demonizar es la partidocracia y en aquellos países en los que se asienta funciona tan mal con un bipartidismo maquillado, como en España, como con un multipartidismo, como el caso italiano. El problema no es el bipartidismo, de hecho en España no es habitual que los dos grandes partidos gobiernen alternándose con mayorías absolutas, sino que necesitan pactar las más de las veces, normalemente con partidos nacionalistas que no han tenido ningún reparo de barrer para casa, como les corresponde. El problema ni siquiera sería que hubiese dos grandes partidos, como en USA o Reino Unido porque en estos países, al  ser el diputado de distrito, no está controlado por la cúpula de su partido, no sigue un ideario con un control férreo, dictatorial, como en España y se generan corrientes internas muy potentes que son, de facto, partidos dentro de los dos partidos. Pero hay más, en esos sistemas de democracia representativa, el diputado puede votar contra su partido y no sufre multas ni persecuciones, no es apartado porque el diputado se debe a sus representados, a sus electores. Y si incumple no será reelegido. Estamos hartos de ver en este bendito sistema proporcional español a diputados que ni siquiera pisan su provincia durante cuatro años, a diputados «cuneros» y otras aberraciones de ese tipo.

 

Por tanto el problema en España, el cáncer que lleva a la Cleptocracia institucional en la que participan casi todos los partidos, se llama falta de representatividad y ausencia de  control del poder, vía una radical separación de poderes. Cuanto más desconfiados entre sí, mejor. Esa es la clave de la regeneración que los pequeños se niegan a abordar por motivos evidentes. Y luego está la falacia de que un distrito único es mejor puesto que todos los votos valen lo mismo y el reparto es proporcional. Es todo lo contrario, sería lo más alejado del ciudadano y lo más cercano a las sedes de los partidos pero obviamente a los pequeños les suena a música celestial.

El distrito único debe ser factible para elegir a una persona o para votar un asunto en referéndum nacional, es decir, en unas elecciones a Presidente de la República. Cuando eso llegue, junto con la representación por distritos, en donde los partidos destierren para siempre las listas ( por muy abiertas y participativas que sean) podremos empezar a hablar de democracia en España. Mientras tanto habrá que seguir escuchando y viendo la tremenda ignorancia sobre la política que el pueblo español y sus élites padecen.