Blog
La república garantizaría la unidad de España
No hay que ser una lumbrera para darse cuenta de que la monarquía española instaurada por Franco en la persona de Juan Carlos I ha fracasado de manera absoluta en lo que respecta a la cuestión territorial. Lejos de servir, como dice la Constitución Española de 1978, para simbolizar la permanencia y unidad de la nación española, la institución ha fracasado en dicho cometido, quizás el único para el que podía tener algún sentido su existencia, en ocasiones favoreciendo a las fuerzas centrífugas en su obsesión por meter su hocico en las labores del poder ejecutivo y querer labrarse una buena imagen en aquellos territorios díscolos ( cosa que, por otro lado, jamás ha logrado). En todo caso esta monarquía no ha servido para garantizar la unidad, más bien ha sido todo lo contrario. Es cierto que todos firmaron un acuerdo, un compromiso, dentro de aquel pacto entre traidores que fue la Transición. Este consistía en restablecer la Generalitat catalana, suprimida por la Dictadura de Franco en 1939, ofreciendo a esta región española un autogobierno que después se generalizaría para el resto de regiones en el nefasto café para todos (expresión acuñada por Jose Manuel Lara padre de forma sarcástica), ese enorme error que supuso la creación de 17 miniestados, quasi federales, que están en el origen de muchos de los problemas actuales.
Era de lógica justicia dicho restablecimiento puesto que, en el contexto de la democracia republicana, los miembros del nuevo gobierno español, previamente a su formación, habían pactado con los nacionalistas catalanes en el Pacto de San Sebastián, que preveía la caída de la dictadura y el establecimiento de la República, la creación de un órgano autónomo para cataluña. Y ese órgano autónomo fue la citada Generalitat de Cataluña, entidad existente en esa región hasta su supresión por Felipe V en los Decretos de Nueva Planta. Estábamos hablando, por entonces, de la recuperación, después de varios siglos de inexistencia, del autogobierno catalán. Y, aunque este autogobierno hubo de ser suspendido a lo largo de la república por su deslealtad para con el gobierno español, no cabe duda de que, a la muerte del sanguinario dictador, era lógico y sensato restablecer la Generalitat.
Pero quizás por culpa ese Café para todos desastroso que comentábamos antes, de esa generalización abusurda del modelo autonómico que la Constitución ni siquiera supo cerrar, los catalanes nunca estuvieron del todo contentos con su autogobierno. Es cierto que en los pactos de la transición estuvieron presentes en todo momento los representantes del nacionalismo catalán, perseguido durante el franquismo. Y que jugaron un papel importante, diríamos que fundamental, en la consolidación del nuevo régimen monárquico y partitocrático, que no democrático. Pero, como decimos, siempre quisieron (como es del todo comprensible por su ideología) arrimar el ascua a su sardina, tener el máximo de autogobierno posible que la Constitución y los diversos gobiernos centrales les permitieran.
Así, durante estas ya más de tres décadas de régimen y gracias a que por un lado la Carta Magna no dejaba cerradas las competencias propias del Estado y las de las Comunidades Autónomas y que, por otro lado, el sistema electoral otorgaba un enorme peso a los partidos nacionalistas en las Cortes Españolas a la hora de cerrar la formación de los diversos gobiernos españoles, cuando ningún partido obtenía la mayoría absoluta ( algo muy difícil de conseguir) se constituían en el socio preferente, en el comodín más utilizado por PSOE y PP (los dos soportes fundamentales del sistema) para conseguir cerrar una mayoría parlamentaria estable y malgobernar este país como ya hemos comprobado.
Pero, obviamente, ese apoyo parlamentario y de estabilidad, como gustaba llamarlo a ellos, tenía un precio: mayores concesiones de autogobierno para catalanes y vascos. Sin embargo esta anómala situación, lejos de corregirse con una modificación del régimen electoral general, se ha mantenido constante durante todo este tiempo. Ni PP ni PSOE, que han gozado de diversas mayorías absolutas, han querido cambiar el estado de las cosas. Han preferido tirar hacia delante sin modificación alguna. Y, de esta manera, nos encontramos que, como era de esperar, el nacionalismo no está satisfecho. Después de lograr unas cotas de autogobierno inéditas en nuestra historia y también en la de estos territorios, quieren más. Ahora ya buscan, sin ningún rubor, la consulta soberanista, la obtención por parte del Estado de la posibilidad de plebiscitar su separación del resto de España lo que conduciría a una crisis total del Estado Español.
Por tanto ha quedado sobradamente demostrado que la política de la cesión, del compadreo y del pacto ha fracasado. Hoy España, como unidad nacional, está prácticamente destruída. Esa idea de España que tan bien entendieron los líderes de la II República, la de una españa unida con autonomía limitada para ciertas regiones ( no generalizable) ha quedado apartada, olvidada durante estas décadas de nefasta transición. Y ahora, in extremis, algunos partidos políticos proponen el camino federal, es decir, la formación, vía modificación de la Constitución de 1978, de una nueva configuración territorial basada en la federación de estados. Creen ingenuamente que Cataluña o el País Vasco van a apartar sus deseos de independencia si todo el estado se transmuta en federal.
En primer lugar hay que decirles a estos buenos señores que llevan muchos años con la matraca del federalismo que España, hoy por hoy, ya es un estado federal. El estado autonómico que tan mal se planteó en su día ha devenido en un conjunto de regiones ( Comunidades Autónomas) con unas competencias de autogobieno en muchos casos superiores a las de los estados federales al uso. Por tanto ese estado federal que pretenden que sea el maná salvador para España ya existe. No tiene sentido cambiar la Carta Magna para esto puesto que sería simple y puro lampedusismo: que algo cambie para que todo sirve igual. ¿Vamos a funcionar mejor como país con el federalismo?. Pues no lo parece porque en cierta forma hemos llegado al desastre con el federalismo, imperfecto si queremos, pero federalismo al fin y al cabo. Y con ese federalismo España está hoy mucho más desunida que nunca.
La monarquía Juancarlista no ha conseguido aunar todos los esfuerzos en pos de un proyecto común de convivencia, en todo caso lo puede haber ido retrasando con sus eternas concesiones ( hablando se entiende la gente, intentos de negociar con ETA, negociaciones secretas con los líderes nacionalistas). Por tanto la monarquía ha fracasado en este punto, precisamente en el aspecto que los voceros cortesanos ( ABC, La Razón, 13TV, Intereconomía y diversos medios ultramonárquicos) no se cansan de alabar: la monarquía garantiza la unidad de España, sin monarquía España corre el peligro de disgregarse. Parece una broma de mal gusto cuando es ahora, después de décadas de errores, de salidas de tono del monarca, cuando el peligro de disgregación es más patente. Y todo con esta «maravillosa» monarquía.
Ahora estamos mucho peor que hace un siglo o que hace tres décadas: sin las libertades propias de un estado democrático ( igual que antes) y con una España rota y desunida no solo en el caso de Cataluña o Euskadi, sino también en el de muchas regiones que están siendo claramente insolidarias, que se enfrentan entre si, por ejemplo, en el tema del agua, etc.
En cuanto al Federalismo, es cierto que un estado federal se basa en una estricta igualdad entre estados, es decir, mismas competencias para todos los entes federales. Y que federalismo supone un pacto de unidad nacional a pesar de que muchos no lo vean así. En este sentido podría ser positivo el camino federal pero, como comentábamos antes, ese no es el objetivo del nacionalismo periférico. A ellos les podría apetecer más un federalismo asimétrico, como ya enunció Paquall Maragall: Cataluña en España pero con unas competencias superiores al resto, que habría que «descafeinar» utilizando la misma retórica de la transición. Esto sencillamente es inviable a día de hoy porque niguna autonomía, ahora estado federal, permitiría tener menos competencias que Cataluña. Es por tanto un debate mal planteado, inútil y falto de realismo.
Una propuesta sería caminar todos juntos hacia un proceso constituyente en el que pusiéramos el contador a cero. Plantear el necesario referéndum monarquía-república es de justicia y un derecho que se nos ha hurtado a todos los Españoles. La República ( no entro en si federal, regional con autonomías, asimétrica o centralista como en Francia) sería, al menos, una nueva oportunidad. Desconozco, porque no soy adivino, la postura que adoptaría el nacionalismo. Sospecho que muchos de ellos no quieren que el status quo cambie y por eso percibo una pose republicana pero una querencia a seguir contando con la monarquía ( aunque fuese federal) que es la que más autonomía y compadreos corruptos les ha consentido en estos más de 35 años.
La república es una esperanza de convivencia de todos los pueblos de España caminando hacia un mismo objetivo común. República es igualdad, es libertad, es democracia si se hacen bien las cosas en un nuevo proceso constituyente abierto a la ciudadanía. En esa constitución nueva el tema territorial debe ser abordado de nuevo, con visión de estado, con visión de futuro, sin concesiones baratas ni centralismos arcaicos. Estado Federal, ¿Por qué no?. Estado cooperativo, quizás mejor, más acorde con nuestra historia. Singularidad más remarcada para las llamadas en el 78 nacionalidades históricas, quizás es lo más apropiado. Veamos el modelo italiano, con 5 autonomías y el resto regiones descentralizadas sin poder legislativo. Es una posibilidad. Todo sería estudiarlo y que la ciudadanía votase, en referéndum, su modelo territorial preferido. Y los catalanes y vascos también, en una consulta de todos los españoles. Es posible que todos esos elementos monárquicos que pululan por radios, televisiones y prensa nacional se opusieran, como ya hicieron durante la II República ( allí llegaron a apoyar el golpe militar del 18 de julio). Pero la aplastante mayoría del pueblo español, en ejercicio de su soberanía, acallaría todas esas voces cortesanas. Repito: la monarquía ha fracasado, es patente y científicamente mensurable la desintegración paulatina de la unidad de España. Demos paso a la república, no a una continuación de la II, sino a la Tercera República Española y que sea el pueblo el que decida el modelo de unidad que quiere que, seguro, será el mejor para garantizar esa unidad. Porque todo lo que sale de la voluntad popular, de la democracia con mayúsculas, será lo mejor para todos.
Solo un cambio de régimen radical podría poner el contador a cero. Repensar España. Y estoy seguro que abriendo un nuevo proceso constituyente en el que el pueblo sea consultado, en el que todo el mundo de manera pública conozca la redacción de la nueva Constitución, especialmente en este aspecto clave del que hablamos: el modelo territorial, permitiría la continuidad de España como unidad política e histórica. Y este modelo pasaría por plantear el olvidado referéndum monarquía-república, algo que nunca se ha preguntado al pueblo español, catalanes incluídos. La república ( no la II república, a la que ya no tiene sentido volver: sería un anacronismo) podría recomenzar España. Garantizar su unidad y favorecer que tanto catalanes como vascos se vean como españoles, se integren y dejen atrás sus tendencias separatistas. Obviamente para ello se debería consultar a todo el pueblo español y extraer consecuencias de los resultados en País Vasco y Cataluña. Creo que estas dos nacionalidades históricas votarían Sí a la república española, lo cual sería altamente significativo.
http://luispueyogarcia.blogspot.com