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2026, sin Socialismo no hay paz social
Hace ya prácticamente 35 años que se derrumbó la Unión Soviética (diciembre 1991) y el supuesto «mundo civilizado» no hace otra cosa que incrementar su barbarie exterior (genocidio en Gaza y Cisjordania, Guerra de Ucrania, Guerra de Irán…) y su barbarie interior (recorte de prestaciones sociales, problemas de vivienda, incremento de los presupuestos para armamentos…).
Podemos sentenciar entonces que el problema no estaba en los «comunistas» sino que está en la propia «civilizada» burguesía.
Las movilizaciones sociales que estamos viviendo en la Europa más supuestamente avanzada (Francia, Bélgica, Italia, Alemania… y Estado español) son permanentes y cada vez más agudizadas. ¿Y por qué son permanentes y se agudizan? Porque hay una contradicción irresoluble entre los intereses burgueses y los intereses populares. Además de extraer la máxima plusvalía posible de la clase trabajadora, la burguesía europea necesita meter la mano a fondo en los servicios públicos (sanidad, educación, jubilaciones, vivienda…) para incrementar sus beneficios mientras la clase trabajadora necesita defenderlos al máximo para mantener su modesta existencia material. De la contradicción insuperable entre los intereses de la burguesía y los intereses de la clase trabajadora vienen las permanentes movilizaciones sociales que hemos visto, estamos viendo y veremos.
A estas alturas de la Historia del Capitalismo ya se puede ver con absoluta claridad que los intereses de la «ciudadanía» le importan un bledo a la burguesía. Pero para comprender esto adecuadamente tenemos que hacer hincapié en que la burguesía no es ni una clase social homogénea ni tiene espiritualidad democrática, razones que la imposibilitan para crear un Estado estable socialmente. Los diferentes regímenes políticos de la democracia burguesa, sea la monarquía parlamentaria española o la república francesa, para citar dos ejemplos, son regímenes al servicio de los intereses de las diversas partes de la burguesía «nacional» regidos por políticos de las diferentes fracciones de ella. Y esto es así porque no son exactamente los mismos intereses los de la burguesía financiera que los de la burguesía rentista, la burguesía industrial o la burguesía comercial y, desde luego, nada tienen que ver esos intereses con los de la pequeña burguesía urbana y agraria que por mucho que miren para arriba pertenecen a la fracción de abajo y si su miedo es proletarizarse solo la clase trabajadora le podría ayudar a través de un Estado socialista otorgándoles créditos y fiscalidad razonables y ofreciéndole a la pequeña burguesía rural la garantía de la compra de sus productos agrarios por encima de los precios de producción y no como están en «democracia» al pairo de las compras de sus productos con precios impuestos por los operadores de la gran burguesía comercial.
Las diferentes partes de la burguesía solo tienen en común un enemigo: la clase trabajadora, es decir, la mayoría social de los países más desarrollados económicamente del capitalismo. Pero las fracciones de la burguesía al no tener otra cosa en común entre ellas que no sea el antagonismo permanente con la clase trabajadora les imposibilita ser una clase homogénea que pueda gobernar de manera lineal su propio sistema político ya que cada fracción de la burguesía lucha por llevarse la mayor parte del pastel, y esto tanto a nivel nacional como internacional. La burguesía no traza un reparto equitativo de la riqueza social existente entre sus diversas fracciones, nada de eso, cada parte de la burguesía quiere la mayor tajada del pastel y esto se dirime por la relación de fuerzas entre ellas. Este inevitable proceder de la burguesía lleva a la continua inestabilidad político-social tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Dentro del propio Estado las diferentes fracciones de la burguesía luchan por llevarse los beneficios de la explotación de la energía social y de los recursos públicos mientras que a nivel planetario se enfrentan crudamente con otras fracciones planetarias de la burguesía por el mercado, la tecnología y los recursos naturales. En resumen, la burguesía tiene la necesidad permanente de ir a la guerra social en su propio país y a la guerra comercial y militar en el mundo exterior para poder obtener su parte de los beneficios.
Si este razonamiento es correcto nos está advirtiendo que la barbarie interior y exterior, nacional e internacional, es una necesidad intrínseca para la burguesía para mantener e incrementar sus beneficios. Nos está advirtiendo que ningún país puede tener paz social mientras «gobierne» la burguesía ya que sus políticos, los políticos de cada fracción de la burguesía, se enfrentarán entre sí una y otra vez en los parlamentos e instituciones del Estado para facilitar que sus amos directos se apropien de la mayor parte de la riqueza disponible, tanto de la energía laboral de la clase trabajadora como de sus prestaciones sociales. Nos está advirtiendo también que las grandes burguesías «nacionales» irán a la lucha planetaria para quedarse con recursos y mercados. Por lo tanto, podemos deducir que mientras «gobierne» la burguesía no habrá ni paz social en el interior de ningún país ni paz entre los pueblos lo que nos lleva a sacar la conclusión de que si la clase trabajadora queremos tener un futuro propio tenemos que derribar del poder a la burguesía para empezar a construir un Estado que tenga por objetivo estratégico el bienestar de la mayoría social y la hermandad entre todos los pueblos para poder ayudarnos unos a otros. Así pues, la alternativa en este «civilizado» mundo burgués es el Socialismo o el incremento continuado de la barbarie que llevaría a la especie humana al peligro de extinción a través de una guerra nuclear cuando se agudizaran al extremo las contradicciones entre los mundos representados por los decadentes Estados Unidos y la ascendente República Popular China.
Madrid, 18 de octubre de 2026.
Publicado originalmente en el blog de Antonio Liz el 18 de octubre de 2026.