Harina de otro costal

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Autora: Ana Cepeda Étkina
Edición en rústica de 398 páginas

450 disponibles

Nuestros Libros

La historia de cómo llegamos a publicar este libro viene de la mano de la música, tan importante en la vida de la persona protagonista de este libro, Pedro Cepeda y de toda su familia. Cuando leímos el manuscrito, tal cual, era una recopilación de notas personales sin organizar de muy difícil publicación. Pero el entusiasmo de Ana Cepeda hizo posible dar forma, estilo y coherencia, además de completar muchas lagunas del texto, a aquellas primeras notas que llegaron a nosotros y que, desde el primer momento, captaron nuestra atención y nos animaron a intentar su publicación en forma de libro.
La palabra justicia, en este país, es una palabra extraña, aún no muy bien afincada ni reconocida, es una palabra medrosa, temerosa, de esas que se guardan en el baúl de viaje para trasladarlas, si la respiración aguanta, el vértigo de la posición lo permite y el sueño sigue focalizado en la zona del cerebro del ansia perdida, el retorno, ese lugar lejano del hogar abandonado, de la familia que ya no es, del patio del colegio que no existe, del juego antes de la cena y los deberes de cuaderno, de todo lo que quedó y ya es irrecuperable porque el tiempo pasó. Es una palabra frágil, que tiembla en su soledad, es la palabra ansiada por todos los Cepedas del mundo, pero sólo el hecho de cargarla al hombro para su defensa ya produce terror. Tan firme es la palabra, tanta es su extensión y su expresión, justicia, tanto su contenido para conocer alguna vez la verdad, tanta la fidelidad en la balanza, que ante la dura tarea de vivir, el sólo hecho de defender cada una de las letras que la componen es motivo de silencio, de tortura, de privación de libertad, de campo de concentración y de exterminio, es decir, es motivo de la pérdida de la vida, a veces de la cordura y la razón, y siempre, para quienes como los Cepedas del mundo luchan, es un motivo para vivir, y ser paladín de su defensa.
Pedro Cepeda nos dejó un manuscrito, interesantísimo de leer, manuscrito en el que se mezclan mil ideas, situaciones, anhelos, tiempos y espacios de una persona que pensó que su infancia no debería haberse roto nunca, que ninguna lágrima debería haber entrado jamás  como una riada en la Málaga de su infancia, que las situaciones que vivió en esa adolescencia, que fue un rápido puente hacia la madurez, hubieran requerido un sosiego para hacerse a la idea del crecimiento, y pasar por las edades como las  uvas de moscatel de aquél patio, que se transformaron en la sangre inocente a merced del verdugo cuando a él su mayores ya habían conseguido salvarlo de la atrocidad y el crimen de aquellos asesinos que transformaron el vino de Málaga en sangre espesa y caliente que se derramaba por los bancales, regando las viñas de los que las habían cultivado, sin poder evitar esa penetración, sin poder hacer nada más que permitir que la sangre penetrara entre las raíces como una violación, como una doma del caballo salvaje al que se le priva de su espacio, de su hábitat, de su dignidad y orgullo, de sus valores y derechos, en suma, se le priva de libertad y de justicia.
Así se fueron los Cepedas del mundo, desde El Musel, desde Santurce, desde, Valencia y Barcelona, se fueron huérfanos y tristes, pensando en volver pronto, pronto, cuando terminaran las bombas y los crímenes, pero no pudo ser, no había visado de vuelta, no había escalera a la que subirse soñando para volver a encontrar a la madre y a la abuela, pero sobre todo a la abuela, y a la madre. ¡Ay, esos abuelos y esos padres que ya no existían, que ya sólo indicaban luto en la familia o cárcel o destierro!
Cepeda luchaba por volver a una casa y a un país que ya no existían porque se los había tragado el ogro de la dictadura, pero él no lo sabía y la tierra de acogida, la tierra rusa, salía de una guerra contra los nazis, la guerra patria, en la que otro ogro comenzaba a rugir. En ese exilio  en el que sus referentes eran los mayores que sustituían a los padres, a los abuelos, a los maestros, no siempre encontraron comprensión y cariño; sí entre muchos de los cuidadores,  pedagogos y maestros, y también entre algunos de los veteranos de la guerra de España, precisamente los que sentían y padecían como ellos los mismos infortunios; pero desde los que poseían la batuta y organizaban la orquesta no hubo más respuesta que el silencio, el olvido y la condena. Aquellos Cepedas que tenían el don natural de la música que necesitaron defensa y justicia fueron arrojados a las fauces del ogro y devorados, pedacito a pedacito; pero la historia también salda sus cuentas.
La famosa Guerra Fría formó dos bandos irreconciliables, aunque, en nuestra modesta opinión complementarios y necesarios el uno para el otro. Así se dividió el mundo durante muchos años, y una de sus consecuencias, fue el silenciamiento y la marginación, por los dos lados, de quienes no comulgaban con las ruedas de molino del sistema, de un único sistema: dos caras de una misma moneda. Pedro Cepeda fue una de esas personas. Se crearon muchos falsos héroes y muchos falsos culpables durante esos años que algún día, en este país enfermo de Alzheimer desde hace tantos años, gracias a la labor de todos los políticos que han pasado por cargos de poder desde la nefasta transición, tendremos que ensalzar o desenmascarar.
Han pasado casi dos años y hoy vemos el libro en las estanterías de las librerías con el lujo, además, del espléndido prólogo de una de las personas que más ha luchado y lucha por conseguir el apoyo y el reconocimiento de aquellos españoles, olvidados en su mayoría por todas las administraciones, cuando no directamente marginados por algunas, que mermados por el paso del tiempo y los sufrimientos físicos padecidos por la mayoría, siguen resistiendo como pueden y por los que Dolores Cabra, Secretaria General de Archivo, Guerra y Exilio (AGE) lucha diariamente, a lo largo de todo el mundo, para que se les conozca, se les reconozca y puedan llegar a recibir, por las generaciones posteriores, el homenaje y la gratitud a la que tienen derecho.
Algo hemos recogido en este libro, pero hace falta mucho más. Nosotros hemos contribuido modestamente con su edición.

Ana Cepeda Étkina nació en Madrid, un 28 de febrero de 1.969 tras un intenso movimiento sísmico. 
 
Criada en un ambiente musical, estudió Piano, Solfeo y Canto Coral en el Conservatorio de Madrid. Hija del “niño de la guerra” Pedro Cepeda, al cual perdió con 15 años, y la violinista Svietlana Étkina, decidió abandonar el piano a los 17 años para centrarse en sus estudios. Posteriormente, fue a vivir a la ciudad de Nueva York, donde estuvo trabajando y cursando inglés. Al volver a Madrid se diplomó en Publicidad, estudios que compaginaba trabajando como secretaria bilingüe en diferentes empresas, si bien su vocación frustrada fue el Periodismo.
 
Casada con un agente de viajes del que se divorció en 2004, conoció países como Tailandia, Indonesia, Maldivas, Francia, Inglaterra, Grecia, Austria o incluso Nueva Zelanda. En la actualidad vive con su hijo Pedro, en la sierra madrileña.
Aficionada a largos paseos serranos, a la natación y a la música, se define adicta a la escritura publicando habitualmente relatos en publicaciones online.
 
Desde el año 2001 gestiona y organiza la biblioteca de un prestigioso colegio internacional situado a las afueras de Madrid.

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