Años de sueños y plomo

10,00

Autor: Juan Luis González
Libro en papel. Sin gastos de envío en España.
230 páginas
Tapa blanda con solapas
15,5×21 mm.
ISBN: 978-84-85735-73-0
Dep. Legal: M-23778-2015

74 disponibles

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Palabras de trinchera 
Hay escritos que nacen con vocación de perdurar, como las poesías o los trabajos científicos, y otros que no ocultan su naturaleza efímera, su propósito de influir en la realidad más inmediata y desaparecer con ella. 
Son textos de trinchera, acerados como dardos, material para el combate o la polémica. De ambos escribió Juan Luis. Lo que nunca sospechó es que estos últimos acabarían agrupados en un libro, por el solo empeño de su amigo y compañero de toda la vida Carlos Peña. 
Alguien podría preguntarse, seguramente él mismo, qué sentido tiene este volumen heterogéneo donde se mezclan manifiestos y discursos, cartas al director y entrevistas, reflexiones y ponencias. Algunos fueron redactados un cuarto de siglo atrás (aunque no lo parezca, cuando se leen expresiones tan de moda como «casta política») para hacer frente a urgencias que hace mucho desaparecieron, contestar a personajes que un día se creyeron importantes y de los que hoy nadie se acuerda. 
Y, sin embargo, releer estas páginas, ahora que se ha difuminado el paisaje sobre el que fueron escritas, permite descubrir un rasgo que entonces pudo pasar inadvertido: la honestidad del autor a lo largo de los años, su insobornable coherencia. 
No es que Juan Luis fuera un mirlo blanco. No pudo zafarse de querellas intestinas, y, en ocasiones, preso de la indignación, tal vez no fuera del todo justo. Él, que nunca tuvo empacho en reconocer sus errores, pidió disculpas en su momento a quienes pudieran haberse ofendido. «De aquellas discusiones», escribió, «recuerdo con infinita ingratitud a quienes, creyéndose en posesión de la verdad, no tenían la más mínima curiosidad por la opinión del otro. Incluso si yo mismo era uno de ellos». 
En lo que nunca se equivocó fue en elegir el bando correcto: siempre estuvo con los perdedores. Así que de derrota en derrota fue labrando el camino hacia la victoria final, aunque les toque a otros disfrutarla.
Estos textos, fechados entre 1979 y 1990 (salvo tres posteriores, a modo de mirada retrospectiva), permiten reconstruir la historia del anarcosindicalismo español a la muerte del dictador, entender porqué la CNT histórica quedó reducida a una organización marginal. El poder no se lo puso fácil, pero tampoco ayudaron quienes se enredaron en luchas cainitas y se acomodaron en el sectarismo. 
En todas y cada una de las batallas —la participación en las elecciones sindicales, el congreso de la reunificación, el nacimiento de la CGT y sus posteriores bandazos, etc.— Juan Luis siempre buscó el equilibrio entre l a fidelidad a los principios anarcosindicalistas y la incidencia real en los centros de trabajo. No quería crecer al precio de diluir sus ideas y convertir su sindicato en una pieza más del engranaje del sistema, pero tampoco recluirse en una torre de marfil como guardián de las esencias ideológicas. «La CNT necesita abrir sus ventanas a la calle, para que entre aire puro, o polucionado, que es el que hoy tenemos […], pero no una pureza con olor a cerrado, tras 40 años de enclaustramiento», escribió. 
Fue un incansable polemista, impulsor de publicaciones como Rojo y Negro, Libre Pensamiento, La Razón, Sanidad Libre o Andalucía Libertaria, concebidas como foros de debate antes que de propaganda, que alumbraría una tras otra para irlas dejando en manos ajenas una vez crecidas. 
Nunca se apoltronó en los cargos, y los que tuvo (en el Sindicato de Sanidad de Málaga, la federación local o la CNT de Andalucía) los ejerció desde una premisa: «He dedicado 15 años de mi vida a la confederación, pero no he vivido ni uno solo día de ella». A la hora de la verdad, cuando tuvo que optar a la secretaría general de la CGT, dio un paso atrás y retiró su candidatura porque no se sentía cómodo con el traje que le habían diseñado. 
Acabó alejándose del sindicato, porque no quería encabezar un sector crítico ni promover una nueva escisión, la enésima, pero siguió siendo un revolucionario, uno con los pies pegados a la tierra, a quien no le bastaba con pedir lo imposible, sino que trabajaba para que dejase de serlo. 
O dicho con sus propias palabras: «Ser realistas hoy para que nuestras ideas no sean utópicas mañana». 
 
Miguel González 15-05-2015

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