Requiem por un periodista mexicano y por un oficio en extinción

El periodista Raúl Régulo Garza Quirino viajaba en su vehículo por el centro de Cadereyta, en el mexicano estado de Nuevo León, cuando unos hombres armados lo acribillaron a balazos. La fotografía con la que sus compañeros quisieron protestar por el crimen nos deja un rostro sereno, con una ligera sonrisa tras un poblado bigote, el mentón elevado, se le ve satisfecho por ejercer una profesión que ha dejado, desde el año 2000 y sólo en México, 75 reporteros asesinados y una cifra incierta de desaparecidos. Setenta y cinco asesinados desde dos mil. Y sólo en México.

Este año, según Reporteros Sin Fronteras, han muerto dos reporteros en Brasil, otros dos en la India, y cuatro en Somalia, y cuatro más en Siria, y así hasta dieciséis, aunque otras asociaciones aseguran que son treinta y uno, lo que sumaría, sólo en cuatro meses, el doble de los que murieron durante 2011.

Los periodistas españoles estamos de enhorabuena pues porque aquí no se nos mata: tan sólo se nos quita el sustento. En los últimos tres meses han perdido su empleo más de 500 y si nos remontamos al inicio de la manida crisis la cifra tiene un número que lleva a la reflexión: 4.421. Lo dice el Observatorio de la Crisis de la Federación de Asociaciones de Prensa de España porque esta asociación vive tan alarmada que incluso ha creado un observatorio para esta profesión. De la crisis económica, claro, porque, recordemos, aquí no se nos mata. Al menos de manera habitual y desde que la ETA decidió entrar en su extraño limbo.

Y digo reflexión porque o éramos demasiados o bien no interesa que trabajemos. Obviemos que somos unos manipuladores en manos del poder, apesebrados sin dignidad y toda esas lindezas con las que nos regalan los oídos nuestros detractores, que son ciertamente legión. Nuestra situación no es tan desesperada como la del malogrado Raúl Régulo, cuyo problema ya no lo es para él ni tiene solución alguna. Según la agencia EFE desde 1976 se han licenciado en España más de 70.000 periodistas, cada año salen a la calle unos tres mil licenciados que buscan su primer trabajo en un mercado que, en épocas de normalidad, sólo demanda seiscientos, un mercado que además arroja al desempleo anualmente una cifra mayor de la que se forma en las universidades.

Los cambios en los medios de comunicación, la irrupción de internet y la multiplicación de las plataformas explican sólo en parte la proliferación de periodistas y su posterior catástrofe. La renovación de las instituciones políticas y el actual proceso de empobrecimiento de los ciudadanos sólo necesita esos profesionales del apesebramiento que tanto mal nos han hecho y considera molestos a los que ejercen su oficio según criterios profesionales. Por eso estorban muchos. Otros sobran porque sus medios han crecido inflados por la burbuja económica en la que nos instaló la autocomplacencia ladrillera. Y en general sobramos porque el cuarto poder no es tal sino vigésimo, o cuadragésimo, un poder menor, relegado al político y al empresarial. Por eso los periodistas que sienten esta profesión no suelen hacer fortuna, tienen muchas posibilidades de acabar trabajando solos y colocando su trabajo por una miseria en medios que rebosan de freelancers cargados de grandes temas.

El descrédito de nuestra profesión no es nacional: un estudio demuestra que en los Estados Unidos la profesión de periodista está a la cola de las aspiraciones: ocupa el puesto 296 de un total de 300 trabajos y el sueldo no deja de ser de supervivencia.

Lo dijo el maestro polaco de la prensa reflexiva, Richard Kapuscinski, ‘Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante’. Todavía no han llegado a nuestras puertas las pistolas asesinas que buscan silenciar voces discordantes pero sí las amenazas veladas, y sin velar, a medios y periodistas, el acoso constante de partidos políticos a medios públicos y la certeza de que no somos un negocio más allá del socorrido enterteinment televisivo y del festival publicitario. Kapuscinski dijo también que ‘el trabajo de los periodistas no consiste en pisar cucarachas sino en prender la luz para que la gente vea cómo las cucarachas corren a ocultarse’. Hay cucarachas que prefieren la luz apagada y hay cucarachas agresivas que saltan al cuello y te clavan su afilado colmillito. Que le pregunten al mexicano Raúl Régulo.

En los Estados Unidos, ese país que tiene tan poca estima por nuestra profesión, el círculo se ha cerrado hasta el punto de que existen fundaciones que sostienen, con dinero privado, medios de comunicación independientes que investigan temas calientes. Y lo hacen porque, dicen, una democracia en la que el cuarto poder no existe no es una democracia completa y la experiencia les demuestra que los partidos políticos desvarían en un mundo sin cortapisas. Un círculo cerrado en el que al fin alguien cae en la cuenta de que no hay democracia sin prensa porque la oposición política no siempre está dispuesta a denunciar si están en juego sus intereses. Fundaciones privadas que plantean dudas sobre los fines que los mueven pero que dejan al menos algo claro: una democracia sin prensa es menos democracia. Y que sin luz, las cucarachas no tienen de qué esconderse.

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