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Queridos lectores,

Durante los dos últimos posts hemos discutido intensamente sobre diversas cuestiones técnicas relacionadas con la seguridad de la energía nuclear abordada de manera integral, y no sólo mirando el proceso que tiene lugar en las plantas nucleares. Bien, ése era el plan, aunque con la irrupción de Domenek la mayoría de la discusión se ha orientado hacia la viabilidad de la energía nuclear como una energía no sólo de futuro, sino como la energía del futuro. Domenek nos ha hablado prolijamente sobre diferentes opciones tecnológicas que permitirían un mejor aprovechamiento de los recursos disponibles de uranio, la eliminación de los peligrosos residuos radiactivos y, en suma, la consecución de una energía limpia, segura y virtualmente eterna. Pero la realidad no indica nada de eso: como le indiqué hace un par de semanas al Sr. Tahull en la radio, ni la propia Agencia Internacional de la Energía contempla que en la UE se amplíe su potencia nuclear durante los próximos 25 años – ver página 230 del último World Energy Outlook. Dada la tamaña contradicción entre las promesas realizables por la técnica y la realidad de lo que se está desarrollando a medida que la crisis energética se establece con toda su extensión, Domenek llega a una conclusión popular hoy en día: que todo es culpa de nuestros corruptos e ineptos dirigentes, que no son capaces de incentivar los cambios necesarios. Pero aunque nuestros líderes políticos ciertamente no son inocentes (entre otras cosas porque saben pero callan), el problema es en realidad más complejo y lo que nos resulta difícil de asimilar es que esas “soluciones” (resulta dudoso que algo que fomenta el BAU sea una solución) no son en realidad viables, no ya desde el punto de vista técnico – quizá sí o quizá no-, sino desde el económico.

Una de las primeras cosas que conviene dejar claras es que la energía es, en nuestra sociedad, precursora de la actividad  económica. Además de servir para mover nuestros camiones y máquinas, ella permite que la gente pueda desplazarse grandes distancias o disfrutar de avanzados dispositivos electrónicos que, aunque para quien los usa tenga fines recreativos, son en realidad la industria y beneficio de otros. Consumimos grandes cantidades de energía, y aunque ciertamente la derrochamos, ella es un prerequisito para haber alcanzado los niveles de desarrollo y explotación económica que tenemos hoy en día. Tanto es así que con hábitos de vida más sobrios podemos reducir un cierto pequeño porcentaje nuestro consumo final de energía, pero si lo intentamos reducir más aún nos encontraremos que acabamos afectando a la actividad económica, ya que al final estamos reduciendo el consumo de bienes y servicios accesorios (por ejemplo, un fin de semana en París, un microondas más grande, etc) perjudicando la cuenta de resultados de las empresas correspondientes.


En su trabajo seminal, “Causas y consecuencias del shock petrolífero de 2007-2008“, el profesor de economía de la Universidad de California San Diego James Hamilton llega a la conclusión de que el coste de la factura petrolífera, y por ende el de la energética, tiene un límite máximo que, si se supera, causa recesión económica. La idea es simple: los precios de la energía repercuten en cascada en toda la actividad productiva. Es decir, el coste de la energía de las tuercas aumenta el coste de la máquina, lo cual repercute en el coste de los productos, en el margen del intermediario y el comercial que la vende, y en ultima instancia en todas las actividades que se hagan con esa máquina en cuestión. Encima, en cada eslabón del proceso vuelve a entrar energía para el montaje, mantenimiento, reparación, transporte, distribución, etc. Por eso, cada dólar que sube el petróleo se multiplica en decenas de dólares de encarecimiento dentro de cada línea productiva y de servicios del sistema económico. Al final, hay un valor máximo a partir del cual el encarecimiento es tal que los productos se venden lo suficientemente menos como para que considerados los márgenes comerciales y demás algunas actividades económicas dejen de ser rentables. Cuando el volumen de tales actividades afectadas es suficientemente grande, entonces se desencadena una espiral de destrucción económica brusca (porque unos negocios dependen de otros), en vez de una transición suave: se desencadena, pues, una recesión. James Hamilton estima que para los EE.UU. el límite máximo para que se desencadene una recesión es cuando la factura petrolífera supera el 5% del PIB o el 10% de la factura energética total. En el caso de España, ese límite podría ser inferior dada la menor eficiencia energética en los procesos industriales del país, aunque quizá es superior debido al uso de coches más eficientes. En todo caso es aleccionador hacer el cálculo de cuánto puede valer como mucho el barril de petróleo para que se desencadene la recesión. Para el caso de los EE.UU. Hamilton nos hace el cálculo y el resultado es preocupante: 80$/barril. Eso quiere decir que si los precios actuales del petróleo duran lo suficiente los EE.UU. entrarán forzosamente en una nueva ola recesiva; de hecho, probablemente, ésta es ya inevitable. Se puede repetir el cálculo para el caso de España, aunque esto sea sólo marginalmente interesante (si EE.UU. entra en recesión nos arrastrará a todos, dada la interconexión de las economías occidentales). Veamos cuál ha sido la evolución del consumo de petróleo de España durante los últimos años.



La gráfica proviene del Oil Watch Monthly que publica ASPO-Netherlands cada mes (se puede acceder al OWM aquí), y está construida con datos del JODI. Sólo llega hasta Diciembre de 2009, y muestra una marcada tendencia al descenso del consumo (como ya se discutió aquí). El propio OWM nos dice que los consumos medios en 2007, 2008 y 2009 fueron, respectivamente,  de 1,59 millones de barriles diarios (Mb/d), 1,54 Mb/d y 1,44 Mb/d. A falta de los datos precisos de 2010 podemos estimar que en 2010 el consumo medio de petróleo en España fue de unos 1,4 Mb/d. Con el precio actual de 115$ por barril tenemos que eso equivale a unos 58,7 millardos de dólares, que a un tipo de cambio dólar/euro de 1,40 $/€ resulta ser unos 42 millardos de euros. Tomando que el PIB de España es aproximadamente de 1 billón de euros nos encontramos con que la factura actual del petróleo representa el 4,2% de nuestro PIB. El valor de ruptura, en el caso de España, sería de unos 137$ por barril, siempre y cuando la cotización euro/dólar no cambie.


Los problemas de la economía acaban repercutiendo también sobre la capacidad de generar energía, como ya hemos comentado algunas veces aquí. Comenzando por el petróleo, es un hecho aceptado hoy en día que el precio del petróleo no puede ser ni excesivamente alto ni excesivamente bajo. Si es demasiado bajo no hay suficientes incentivos para el desarrollo de fuentes como las arenas asfálticas del Canadá que son más caras de producir; si es demasiado alto, la demanda se contrae y la crisis económica se desencandena, como hemos comentado. Hace poco más de un año se aceptaba que el precio mínimo era de unos 60$ por barril, momento a partir del cual las arenas asfálticas comienzan a dar beneficios; también se aceptaba públicamente por parte de representantes de la OPEP que 80$ era el límite superior, en consonancia con el cálculo de James Hamilton. Por tanto había que mantener los precios en ese lugar adecuado. El problema es que la ventana de precios óptima se ha ido moviendo con el tiempo, y ya últimamente se habla de 80 a 100$, en lo que parece un intento de no reconocer que en realidad se ha cerrado y que no hay precio conveniente. Lo grave del asunto es que la volatilidad de precios subsiguiente, con las previsibles grandes subidas y bajadas a lo largo de los años, conlleva que la inversión en exploración y desarrollo petrolífero sea demasiado arriesgada y que por tanto los inversores huyan de ella; esto, a su vez, disminuirá nuestro suministro futuro, agravando los problemas. Las repercusiones de la inestabilidad en el petróleo acaba afectando a todas las materias primas, por la necesidad de usar grandes cantidades de petróleo para su extracción y procesamiento. Esto provocará que ellas también sean algo inestables y que pueda haber, en los casos de las materias más afectadas, problemas de desinversión actual y de escasez agravada futura por culpa de este efecto. Este problema es particularmente acusado en el caso del carbón y del uranio. En suma, nuestra manera de explotar los recursos energéticos en un sistema de libre mercado hace que en el momento que comienza la escasez de petróleo ésta y la de las otras materias sea agravada por una retroalimentación positiva muy destructiva; otro efecto no lineal a añadir al abrupto descenso del lado derecho de la curva de Hubbert.


Las interacciones entre el sistema económico y el energético no sólo están minando nuestra capacidad de mantener nuestras energías del pasado; también están frenando el despliegue de las energías del futuro. El caso más ejemplar de este efecto es el problema de la generación eléctrica renovable y su choque con la energía nuclear. Recientemente participé en un debate radiofónico sobre el futuro de la energía nuclear (se puede ver un resumen filmado aquí. Nota: Aunque no lo parezca, no fui agredido allí). Quedó clara que la posición de algunos de los que defienden las energías renovables choca frontalmente contra la de algunos partidarios de la energía nuclear. A mi personalmente esa discusión me parece un tanto estéril, aunque es fácil de entender su contexto particularizando para el caso de España. En España, gracias en buena medida a los parques eólicos la potencia instalada ha crecido mucho más rápidamente que el consumo de electricidad, lo cual se ha acentuado con el descenso de consumo registrado a causa de la crisis durante 2009 y la estabilización durante 2010. El caso es que hoy en día las centrales térmicas permanecen muchas horas al año ociosas porque ya no se necesita su potencia instalada, y eso resulta nocivo para los intereses económicos de las compañías eléctricas a las cuales pertenecen. Estas empresas, que en muchos casos suelen ser también las accionistas de las centrales nucleares, identifican correctamente que el exceso de energía renovable está perjudicando su negocio y cargan contra ellas enfatizando sus defectos, principalmente su carácter intermitente e imprevisible. Como reacción, los promotores de las energías renovables (que es un sector más atomizado) cargan contra la otra parte, y principalmente contra la energía nuclear debido a sus riesgos. En medio de este debate, nadie se fija en dos hechos fundamentales. El primero es que la electricidad supone, según se contabilice, entre un quinto y un sexto de la energía total consumida en España. El segundo es que el consumo eléctrico no está aumentando, porque la electricidad es un tipo de energía especializada pero que no vale para todos los usos industriales y domésticos; eso hace que la electricidad no pueda ayudar a resolver la crisis energética. Por tanto la inversión en este sector crítico se sitúa ahora al ralentí, con lo que los problemas futuros serán más graves, al igual que pasa con la exploración y desarrollo de nuevos campos de petróleo que discutíamos antes.

En realidad, el problema de fondo es que el coche eléctrico no ha llegado; si lo hubiera hecho, la demanda total de energía eléctrica crecería y nucleares y renovables estarían contentos, sin tener que competir por un mismo trozo del pastel. La cosa va más allá de la entelequia del coche eléctrico (sobradamente discutida en este blog): la electricidad no nos permite tener camiones, excavadoras y maquinaria pesada en general, por falta de densidad energética y potencia de las baterías eléctricas; además, es poco apropiada para su uso en hornos y fundiciones industriales, porque implica gran consumo y precios muchísimo más caros que las opciones actuales. En definitiva, con electricidad sólo nos costará mucho mantener una producción industrial competitiva, y de nuevo nos encontramos con un problema de incompatibilidad entre nuestro sistema económico y la propuesta energética. A medida que la crisis económica subsiguiente a la energética vaya destruyendo nuestra base industrial, nos costará más construir y mantener nuevos sistemas de captación de energía que además nos proporcionan un tipo, el eléctrico, que no se adapta bien a nuestras necesidades. Ello se retroalimenta con consecuencias funestas. En el caso particular de la energía nuclear por el que aboga Domenek, se trata de una tecnología de gran escala, con gran necesidad de conocimiento especializado y grandes instalaciones industriales tanto para sus suministros como para su consumo, y requiere también de una gran instalación (la red eléctrica) de compleja gestión para su distribución. Pero el deterioro de la capacidad financiera y la desaparición de las industrias de base hará cada vez más difícil su mantenimiento. Por supuesto la situación es similar para los parques eólicos o solares.


¿Cuál es la solución a estos problemas? Yo no la tengo, pero lo que sé seguro es lo que no lleva a nada bueno es continuar porfiando si son galgos o son podencos.

Salu2,
AMT

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