>Status y cultura

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Queridos lectores,

Una vez más cedo el espacio de hoy a Juan Luis Chulilla, el cual ampliará más la discusión previa que presentó en el post “Peak Oil y status social: cuando nuestras raíces juegan en nuestra contra“.

Salu2,
AMT

 

Es posible que algunos os quedarais del post anterior con una impresión pesimista, incluso fatalista: si nuestro comportamiento consumista depende del status social, y el status es un motor fundamental para la acción de los individuos que hunde las raíces en nuestros instintos, ¿hay alguna esperanza?

Pues sí, la hay. Y nace de la asimetría entre instinto y cultura, y de superar nuestro etnocentrismo y cronocentrismo. Vamos por partes:

1) El instinto es universal. Somos una sola especie, y salvo diferencias regionales menores, desde el tono de piel, la tolerancia al alcohol o a la lactosa, compartimos toda la herencia genética. Uno de esos instintos es la organización social por status en competencia: al igual que los demás mamíferos sociales, uno de los puntales más importantes de la organización social es la competitividad por alcanzar o mantener una posición dentro de un grupo dado.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que no podemos encontrar instintos “puros” en el ser humano, sino que siempre van a estar fuertemente mediatizados por la cultura – incluso el instinto de supervivencia, siendo tan poderoso, encuentra multiplicidad de matices culturales, desde las acciones, ritos y ahora deportes de riesgo, hasta el suicidio ritual. El status es básicamente cultura – a partir de un cimiento instintivo, cada sociedad construye unas pautas y valores por las que los individuos alcanzan o mantienen una posición dada.

La asimetría viene dada por el hecho de que compartimos el mencionado instinto hacia el status, pero en cada sociedad y en cada momento histórico lo expresamos de una manera diferente… muchas veces, radicalmente diferente. Por ejemplo, en nuestro Siglo de Oro, el trabajo, especialmente el trabajo manual, era muy negativo para el status: era lo que se conocía como deshonra moral del trabajo. El hidalgo antes reventaba de hambre, o iba desnudo bajo su capa, que rebajarse a trabajar. O también, en las sociedades judías más conservadores, el status más elevado se alcanza a través del estudio, de manera que quien logra ser un gran erudito de los textos y leyes canónicas se posiciona dentro de la élite de esa sociedad. El comerciante, de estatus limitado antes de la Edad moderna, tiene hoy como techo de status sus logros económicos.

En resumen, la presión por competir por status va a estar siempre presente, pero se va a manifestar de muchas formas diferentes.

2) El etnocentrismo es la creencia de que los valores, características y peculiaridades de nuestro grupo es superior a los de los otros grupos, sociedades y culturas humanas. No tenéis más que pensar en los chistes de “va un alemán, un francés y un español”, o en la ingente variedad de tópicos (la inmensa mayoría, negativos) que tenemos acerca de otras culturas, o en los tópicos positivos que tenemos sobre nuestra cultura (“aquí se vive o se come como en ninguna otra parte”, p.e.). Chovinistas lo somos todos, del neoyorquino al esquimal.

Además, y dejando romanticismos aparte del tipo de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, lo cierto es que los logros materiales y hasta morales de nuestra época (de la sociedad de consumo a la democracia, la mejora de los derechos de las mujeres, etc.), nos tientan a ser etnocéntricos no respecto a otras culturas, sino respecto a nuestros antepasados. Y no sin razón, si pensamos en infanticidio, hambre o analfabetismo. Sin embargo, este cronocentrismo no distingue y da a nuestra época un carácter insuperablemente positivo, pasando de puntillas por nuestra sociedad de consumo y su futura combinación explosiva con el Oil Crash.

Acabamos de ver que hay una variedad inmensa de formas culturales en las que se expresa el status. Sin embargo, el etnocentrismo y el cronocentrismo juegan en nuestra contra, y es difícil de evitar pensar en el status en nuestros términos, europeos de principios de siglo XXI.

En el contexto de la crisis del petróleo, esto sólo invita al pesimismo, y con buena razón: si el status se expresa a través del consumo, y seguimos quemando nuestros recursos para mantener el status de cada grupo social hasta donde llega (y hasta donde no llega, gracias al crédito), es complejísimo que se den los pasos apropiados para reducir el consumo y apantallar el impacto del Oil Crash: vía consumo, definimos nuestra posición en la sociedad. Esto ayuda a explicar en buena medida por qué está costando tanto, por qué se está retrasando tanto, las medidas para afrontar la crisis energética que ya tenemos encima.

Uno de los mejores medios para luchar contra el etnocentrismo es valerse de los resultados de la antropología. No es por nada, pero los antropólogos nos hemos dedicado a estudiar las culturas (y el etnocentrismo como parte de todas ellas) durante un siglo. Y nuestra forma de luchar contra el etnocentrismo es dar a conocer la apabullante variedad que hay entre las culturas humanas, de manera que la importancia de las cosas queda sujeta a la cultura de cada grupo en cada momento.

El status se expresa mediante el consumo en nuestra sociedad actual. Sin embargo, otras sociedades lo han expresado y vehiculado de formas muy diferentes. Por ejemplo, aquellas sociedades que se basan en la redistribución separan radicalmente la posesión de bienes del status. En una sociedad redistributiva, desde los Kwaikutl canadienses a no pocas sociedades melanesias, la producción de artículos se centraliza bajo la figura de un jefe, que trabaja de manera ejemplar (produciendo como el que más) y además destaca por el respeto que se tiene a su criterio. Después de un festival de cerdos, por ejemplo, un jefe melanesio se quedará con menos cantidad que nadie, una vez que haya repartido a todo el grupo, pero precisamente por eso y por su eficacia al organizar el trabajo colectivo será un jefe: el grupo confiará en él a la hora de tomar decisiones colectivas y de dirimir disputas. De la misma manera, en una sociedad basada en la reciprocidad, se te declarará brujo (y expulsable del grupo, lo que equivale a una condena a muerte en entornos duros) si retienes para ti en vez de entregar al grupo el grueso de tu producción. El “hoy por ti, mañana por mi” es la regla literal y casi única de organización entre los !Kung o bosquimanos del desierto del kalahari, por ejemplo. El status en este caso se basa en la edad, en algunas habilidades (caza, hechicería) y en que el grupo te atribuya un criterio especialmente válido a la hora de organizar el trabajo común.

He puesto ejemplos muy diferentes a nuestra forma de organización (intercambio de bienes y servicios dentro de una economía de mercado postindustrial) para acentuar la diferencia entre fuentes culturales de status. El status, de hecho, tiene tantas fuentes como formas y motivos de organización social, desde un ejército hasta un club filatélico, pasando por una secta, un gremio o una cuadrilla para beber el fin de semana.

Lo que tenemos encima no es ninguna broma: nuestra sociedad se basa en el consumo, no sólo como sistema de producción sino, peor, como forma de organización por status. Eso no puede cambiar por las buenas y de forma indolora. Sin embargo, somos la especie viva más adaptable que existe, y hemos poblado y modificado cada rincón del planeta (y hasta puede que consigamos colonizar otras partes del sistema solar, aunque cada vez tenemos menos posibilidades de lograrlo). Nuestra adaptación se debe a nuestras culturas, a como cada cultura se adapta a cada circunstancia. Aquí hay que añadir que no todas las prácticas culturales son adaptantes: que se lo pregunten a los colonos vikingos de Groenlandia o a los habitantes de Pascua. Esto implica que no tenemos garantizado el éxito, pero por supuesto tampoco el fracaso, contra el que podemos emplear nuestra flexibilidad como sociedades.

Si otras sociedades en otros momentos se han organizado de manera diferente a nosotros, quiere decir que nosotros también podemos. Mi conclusión es que, si tenemos el incentivo apropiado, podemos cambiar las fuentes de nuestra organización por status y abandonar el consumismo destructor. Coincido plenamente con Antonio en su último post: la mejor forma que está a nuestra disposición de iniciar este cambio es motivándolo, y para ello la ciudadanía tiene que estar informada. Esto no implica que el cambio pueda ser todo lo rápido que nos gustaría, porque una parte importante va a resistirse a aceptar el Oil Crash hasta que no se le venga encima por la amenaza que supone para su status, pero sin información sólo queda esperar sentados a nuestra puerta a ver cómo el Oil Crash nos alcanza en toda su gloria.
Juan Luis Chulilla

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